El proyecto Wormhole

Si la lectura es una de tus aficiones y, en concreto, te gusta la ciencia-ficción, a lo mejor te interesaría echarle un ojo a esto.

Esta es la sinopsis de la novela de ciencia-ficción escrita por el autor de Ciencia de Sofá, “El proyecto Wormhole”, publicada en papel en 2011 por Ediciones Atlantis. 


“Un experimento está a punto de cambiar el curso de la historia del planeta Tierra. El controvertido proyecto Wormhole persigue abrir agujeros de gusano artificiales, puentes a través del espacio y el tiempo capaces de conectar con otros universos. Sin embargo, los riesgos de este ensayo, aunque mínimos, son impredecibles.

Cuando Jack Grant, un brillante estudiante de ingeniería residente en Barcelona, descubre que su padre le ha ocultado un oscuro secreto durante años, intuye que su vida está a punto de cambiar de manera radical, y así ocurre. Cuando tiene lugar un fallo catastrófico durante el experimento y su padre se ve transportado a otra dimensión, Jack decidirá seguirle y enfrentarse a lo desconocido.”
Ahora, lanzamos la novela en formato electrónico por un precio promocional de 1,02€ (0,99€+IVA) así que, si te gustan las tramas llenas de humor, aventura, acción, romance (en dosis suficientes), conspiraciones, venganza e intriga, no lo dudes más: éste es tu libro.

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Os dejamos con el principio de la novela, que narra la historia de un proyecto mantenido en el más absoluto de los secretos por el gobierno de los Estados Unidos, en una época anterior al desarrollo del argumento.
“Estimado Dr. Valley:

Como bien sabrá, la jubilación del actual subdirector del proyecto Black Door es inminente. El comité directivo está muy satisfecho con la capacidad de liderazgo que ha demostrado a todo el equipo y su papel clave en el avance y el transcurso de las investigaciones del proyecto. Por tanto, su nombre ha sido añadido a la lista de candidatos para ocupar el cargo, cuya votación tendrá lugar el día 5 de mayo. Extraoficialmente, creo que puede ir comprando una botella de champán.

Un cordial saludo.

Dr. Markus Nagraman, director del proyecto Black Door. 2 de Mayo de 1985”

William Valley permanecía sentado tras la mesa de roble de su despacho, donde el silencio sepulcral tan solo se veía interrumpido por el leve murmullo del aparato de aire acondicionado. Su mirada se perdía en algún punto más allá de la hoja de papel que sostenía entre las manos. “Enhorabuena, señor Subdirector”, le había felicitado la voz de Markus Nagraman por teléfono unos minutos antes.

El reloj de pared indicaba que solo faltaban unos minutos para que tuviese lugar la improvisada ceremonia de investidura que había organizado el equipo de científicos de Black Door con el fin de celebrar su ascenso. Después de todo, con tan solo veintiséis años, iba a convertirse en uno de los máximos responsables de un proyecto que llevaba más de una década sumergido en el más absoluto secreto.

Tras leerla por última vez, el Dr. Valley, físico teórico de renombre, arrugó la carta y la arrojó a la papelera situada junto a la puerta de la oficina antes de salir al pasillo. Los pasadizos, cuyas paredes de metal contrastaban en gran medida con el interior forrado en madera de los despachos, estaban desiertos. El gobierno no escatimaba en gastos cuando se trataba de la comodidad de sus investigadores más brillantes, y era capaz de invertir un extra de capital cuando se trataba de mantenerlos escondidos: como el tesoro de un pirata oculto bajo las arenas de una remota playa, la estructura en la que William Valley se encontraba, con una superficie de más de 120 000 metros cuadrados y cuatro plantas de altura, estaba completamente enterrado bajo el árido suelo del desierto de Mojave, EEUU. En líneas generales, los angostos túneles del complejo de investigación se presentaban abarrotados por una marabunta de ingenieros y técnicos discutiendo entre ellos como hormigas enfadadas, pero aquel 5 de mayo el silencio era total.

William bajó por la laberíntica red de pasillos y escaleras desde la cuarta planta hasta la base del edificio en completa soledad. Incluso el leve sonido de cada uno de sus pasos producía un atronador ruido que rebotaba contra las esquinas vacías. A medida que el Dr. Valley se acercaba a la sala de conferencias, el murmullo lejano del tumulto que le esperaba se intensificaba. Cuando llegó a la puerta, se detuvo en seco. El sonido repentino de unos pasos justo detrás de él le alertó. William Valley dio media vuelta bruscamente y dio de bruces con Klaus Nagraman, el hijo del director Markus Nagraman.

Eran dos hombres muy diferentes: la espalda ancha y constitución robusta de William contrastaban enormemente con la figura delgada y espigada de Klaus, mientras que el pelo castaño del hijo del director, largo y greñudo, pedía a gritos un corte de pelo más cuidado como el del Dr. Valley. Los ojos castaños y decididos de William inspiraban una confianza de la que poca gente podría alardear, al contrario que las facciones duras y angulosas de Klaus, que parecían bloquear cualquier intento de reflejar qué pensaba aquel hombre tras sus pupilas rodeadas por un iris azul- grisáceo.

Klaus Nagraman, de veintinueve años, doctorado en física nuclear, miró a William Valley como se puede mirar a una rata recién salida de una boca de alcantarillado. Desde que había corrido la voz sobre su ascenso, el hijo del director parecía haberse retraído en su propio mundo y su sentido del humor, ya de por sí en peligro de extinción, había desaparecido tras una mueca inexpresiva que le acompañaba allá donde fuese.

En realidad, Klaus tenía motivos para sulfurarse. Todo el equipo esperaba que, si alguien iba a ser ascendido, sería precisamente el hijo del director. Y aunque a primera vista podría parecer en una cuestión de favoritismo, nada quedaba más lejos de la realidad: en un equipo formado por algunos de los genios más brillantes del planeta, Klaus Nagraman destacaba por su brillantez.

Pero aquella privilegiada mente era la causa de su peor defecto. Al ser consciente de su ingenio, el hijo del director presentaba una actitud arrogante ante sus compañeros y por ello anteponía sus prioridades a todo lo demás, lo que casi siempre le convertía en una fuente de conflictos. Además, su carácter insistente y perfeccionista, que rozaba lo enfermizo, había conseguido que mucha gente del laboratorio opinase que Klaus sufría algún tipo de trastorno obsesivo- compulsivo.

William Valley era la antítesis de Klaus. Aunque ambos hombres rivalizaban en inteligencia, la sociabilidad y el sentido del humor del Dr. Valley le llevaron a codearse con peces gordos del gobierno y a ser muy bien considerado en las altas esferas, ganándose la simpatía de gente influyente. Su perspicacia, además, solía ser la solución más rápida cuando los sistemas fallaban o los cálculos teóricos de las investigaciones se volvían absurdos. Solía decirse entre los científicos del proyecto que si William contara con otros cinco brazos, el gobierno probablemente hubiera optado por despedir a la mitad de la plantilla.

En aquel momento, frente a la entrada de la sala de conferencias, Klaus Nagraman pasó de largo a William Valley con un breve empujón, abriendo la puerta de un manotazo que silenció a la multitud que se apelotonaba en el graderío de la sala en forma de anfiteatro. Desde el punto más alto de las gradas dirigió una mirada de desprecio a su padre, sentado junto a otros directivos tras una mesa sobre el escenario central, y se sentó indiferentemente en el extremo más alejado que encontró.

Aunque William Valley sabía que Klaus Nagraman nunca había sentido simpatía por él, le inquietaba aquel repentino odio silencioso que profesaba el hijo del director. Klaus era de la opinión de “el fin justifica los medios” lo que, unido a su personalidad fría y su carácter maniático, agravaba la desconfianza de William.

El Dr. Valley esperó a que la situación se calmase un poco y, cuando escuchó de nuevo el leve murmullo de la multitud, respiró profundamente e hizo su entrada entre aplausos y silbidos. Bajó las escaleras que conducían al escenario y tomó asiento junto a Markus Nagraman, quien le entregó una simbólica estatuilla de oro en la que aparecía representado un átomo de carbono. William Valley hizo un gesto para que cesaran los aplausos y se puso en pie para dar un improvisado discurso.

—Muchas gracias por este simbólico trofeo, Dr. Nagraman. El tono dorado ha quedado muy auténtico pese a estar pintado con espray —bromeó para calmar un poco el ambiente, en alusión a la escasa subvención que habían recibido aquel año y de la que todo el mundo se quejaba. William esperó a que cesasen las risas—. Bromas a parte, en primer lugar me gustaría felicitar a todo el equipo por el tremendo esfuerzo y dedicación que están prestando a Black Door. Creo que todos somos conscientes de la importancia de este proyecto y de las consecuencias que traerá su éxito. Poca gente puede alardear de haber hecho algo que realmente haya marcado la historia de nuestra especie, pero ese no es nuestro caso: si alguien en el mundo es capaz de cambiar para siempre el curso de la humanidad, esos somos nosotros.

Los asistentes se levantaron y estallaron en vítores al tiempo que William Valley esbozaba una sonrisa triunfal. Oculto por el barullo, Klaus Nagraman se levantó violentamente de su asiento y desapareció tras la salida bajo la mirada preocupada de su padre, quien cruzó una mirada cargada de culpa con William.

Antes de que el equipo abandonase la sala, se sirvieron algunos aperitivos y bebidas para relajar un poco el ambiente previo a la vuelta al trabajo. William Valley era una persona realmente querida en el complejo de investigación, y los incontables apretones de manos y felicitaciones que recibió eran una muestra de ello. Un rato después, los científicos y técnicos se marcharon para seguir con su labor y Markus Nagraman acompañó al recién estrenado subdirector a su nueva oficina, donde, consciente del delicado estado mental de su hijo, confesó a William su preocupación por la posible reacción de Klaus. No era como si su locura fuera un secreto de estado, pero se trataba de un hecho que el director había intentado eludir durante su permanencia en el proyecto.

Por desgracia, los temores de los miembros de la investigación se volvieron realidad.

Al día siguiente corrió la noticia de que alguien había disparado a Markus Nagraman en la cabeza con una pistola del calibre 42. El asesinato se había producido en su propia casa y no se encontró ni rastro del posible culpable. Klaus Nagraman había desaparecido del mapa, y ni los mejores detectives del país consiguieron seguir su rastro.

William Valley ocupó el cargo de director de manera provisional hasta que, una semana después, durante el barullo formado por el personal del laboratorio que fichaba para entrar a trabajar, el complejo de investigación fue objetivo de un bombardeo relámpago mediante proyectiles anti búnker, especialmente diseñados para destruir estructuras subterráneas. Durante el ataque, murió gran parte del equipo y las instalaciones quedaron reducidas a escombros, con daños que ascendían a miles de millones de dólares.

El proyecto Black Door fue clausurado para siempre.

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