El mal de los ceros

A principios de los años 20, en Alemania, empezaron a aparecer casos de gente cuyo único deseo era ponerse a escribir filas interminables de ceros.
Esta extraña enfermedad mental no había afectado nunca a ninguna otra región del mundo en ninguna otra época, así que, ¿qué puñetas estaba pasando?

Pista: el dinero valía tan poco que había quién lo usaba
como papel de pared.

La Primera Guerra Mundial terminó en 1919 con el tratado de Versalles, que obligaba a Alemania a pagar a los aliados los daños provocados por la guerra. Pero había un problema: al estallar el conflicto, Alemania había suspendido la convertibilidad de su moneda, el marco, en oro y dedicido basar toda su campaña bélica en dinero prestado. Como el valor de su moneda era básicamente el del papel sobre el que estaba impreso, en 1921 se decidió que la deuda tendría que ser pagada en oro o en moneda extranjera por lo que, para pagarla, el gobierno alemán empezó a imprimir billetes en masa para poder comprar moneda extranjera a cualquier precio y, con tanto dinero en circulación, el valor de los marcos empezó a caer en picado.

Como resultado, en diciembre de 1922, un dólar equivalía a 800 marcos alemanes y, para noviembre del mes siguiente, el cambio estaba en un dólar por cada 4.210.500.000.000 marcos. La inflación alcanzó tal velocidad que los trabajadores pedían ser pagados al principio de sus turnos y, cuando cobraban, se les daba media hora para que fueran corriendo a comprar lo que necesitaran antes de que sus sueldos perdieran todo su valor. Se decía, incluso, que el precio de un café podía duplicarse en el tiempo que tardabas en bebértelo.
Con los bienes del día a día pagados a millones y miles de millones de marcos, los libros de cuentas se convirtieron en un caos repleto de ceros, las etiquetas de los precios eran cada vez más absurdas y tenían que ser actualizadas constantemente y los valores que aparecían en los billetes parecían no tener sentido, por lo que no es de extrañar que cajeros, contables y banqueros pasaran gran parte de su jornada laboral contando y escribiendo más ceros de los que nosotros veremos en nuestras vidas.

La imagen corresponde a una medalla conmemorativa de 1923 referente a la inflación. El texto reza “El 1 de noviembre de de 1923, cuestan: una libra [algo menos de medio kilo] de pan, 3 mil millones, una libra de carne, 36 mil millones, un vaso de cerveza, 4 mil millones“.
Total que, como resultado, aquellos que trabajaban con estas cifras a diario, con sus correspondientes cálculos para reajustar los precios cada día,  terminaban tan aferrados al número que se volvían locos y su único deseo y máxima aspiración pasaba a ser escribir interminables filas de ceros. Además de esta compulsión por dibujar aros alineados, los algunos pacientes perdían la noción de las cifras y, al ser preguntados, podían decirte perfectamente que tenían veinte mil millones de años y cuatrocientos billones de hijos. 

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