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¿Por qué no se puede clonar un dinosaurio? (ni, de momento, ningún otro animal extinto)

Lo sé, lo sé, muchos habéis visto el título de la entrada y os estaréis preguntado por qué he escrito este artículo, si la respuesta es obvia: los dinosaurios no se pueden clonar porque sus tejidos originales fueron sustituidos por minerales durante el proceso de fosilización, así que sus huesos convertidos en piedra no contienen ni rastro de ADN.

Os dejo por aquí los pasos del proceso de fosilización, por si necesitáis refrescar la memoria:

Pero, aunque los fósiles no contengan ADN, es probable que a algunos os haya venido a la cabeza otro método más peliculero que, a primera vista, puede parecer una manera plausible de revivir a los dinosaurios.

Se podrían clonar a partir de la sangre que contienen los mosquitos atrapados en ámbar, por supuesto. Confío plenamente en que alguien usará ese sistema en un futuro cercano para traer de vuelta a los dinosaurios, como ocurría en Jurassic Park.

Pues lamento tener que ser yo quién te quite la ilusión, voz cursiva, pero el método Jurassic Park tampoco funcionaría.

Me explico.
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¿Podría existir vida que no esté basada en el carbono?

Una particularidad que tienen en común todos los organismos vivos de la Tierra, desde las bacterias hasta los seres humanos, es que toda la vida que se puede encontrar en nuestro planeta es orgánica o, lo que es lo mismo, está compuesta por moléculas basadas en el carbo

¡Mentira! ¡Hace unos años se encontraron bacterias que están basadas en el arsénico!

No, voz cursiva, pese a lo que afirmaran algunos titulares, lo que se creía haber descubierto eran bacterias que usaban arsénico en su ADN en lugar de fósforoEl estudio se refutó hace tiempo pero, de todas maneras, incluso aunque realmente hubieran sido capaces de sustituir el arsénico de su ADN por fósforo, el código genético de estas bacterias seguiría estando formado por moléculas organizadas en torno a átomos de carbono, con el arsénico como “complemento”.

Para evitar confusiones durante el resto de la entrada, que una forma de vida esté basada en el carbono significa que la estructura de las moléculas que la componen está organizada por los átomos de este elemento. En este esquema de una molécula de ADN se puede ver que los átomos de carbono (gris) forman el “esqueleto” del código genético, mientras que el fósforo (amarillo) está en la periferia de la molécula para cumplir otras funciones.

 (Fuente)

Para ilustrar la diferencia entre una sustancia basada en el carbono y otra que sólo contiene este elemento, en la siguiente imagen tenéis una molécula de vitamina C y otra de polidimetilsiloxano.

Como podéis ver, la vitamina C tiene un “esqueleto” de carbono, pero el del polidimetilsiloxano está compuesto de átomos de silicio y de oxígeno. Por tanto, esta segunda sustancia está basada en el silicio, pero contiene el carbono como “complemento”.

Pero, bueno, la cuestión es que todos los organismos que viven en nuestro planeta deben su existencia principalmente a cuatro macromoléculas basadas en el carbono:

  • El ADN, que codifica la información del ser vivo.
  • Las proteínas, que tienen funciones estructurales y también sirven para mandar señales químicas.
  • Los lípidos, que también forman parte de la estructura de las células y, además, almacenan energía.
  • Y los carbohidratos, de los que se puede extraer energía.

Por supuesto, distintos organismos necesitan cantidades mayores o menores de otras sustancias inorgánicas para mantenerse vivos pero, aun así, sin un esqueleto de carbono, el resto de elementos que contienen las moléculas orgánicas no se podrían ensamblar por sí solas para dar lugar al complejo tinglado que es la vida tal y como la conocemos.

Ya, bueno, pero en la tabla periódica hay otros 79 elementos que son estables. ¿Qué tiene el carbono de especial? ¿No sería posible que existiera otro tipo de vida basada en un elemento distinto al carbono?

Vamos a echarle un vistazo a la cuestión, voz cursiva.

Hay que tener en cuenta que cualquier organismo, sea grande o pequeño, tendrá que llevar a cabo un montón de funciones diferentes para permanecer con vida: necesita materiales con los que sintetizar los diferentes tejidos que lo componen, codificar su código genético, almacenar energía, recibir y procesar señales de su entorno y coordinar las diferentes partes de su organismo. Estos procesos no sólo requieren la intervención muchos tipos de moléculas diferentes sino que, además, esas moléculas tienen que ser compatibles entre ellas.

El carbono es el elemento ideal para abastecer esta demanda de diversidad molecular porque, gracias a sus propiedades químicas y al pequeño tamaño de sus átomos, puede formar una gran variedad de sustancias, desde las gigantescas moléculas en las que está codificada la información genética de un ser vivo hasta compuestos más simples y necesarios para que un cuerpo siga funcionando a largo plazo.

De hecho, para hacernos una idea de lo versátil que es el carbono, de los 12 millones de compuestos químicos conocidos, 10 millones son moléculas orgánicas, así que el carbono es capaz de producir más compuestos diferentes que el resto de los elementos de la tabla periódica juntos. Ese es el motivo por existe una rama entera de la química dedicada a estudiar el comportamiento del carbono, la llamada química orgánica.

Total, que el hecho de que el 85% de los compuestos conocidos estén basados en el carbono deja claro que es el elemento más versátil de la tabla periódica. Y eso convierte al carbono en el candidato ideal para abastecer la demanda de diversidad química que necesita la vida.

Bueno, vale, pero, de entre esos millones de compuestos orgánicos a los que da lugar el carbono, los organismos vivos “sólo” utilizan unos cuantos miles. ¿No hay ningún otro elemento que tenga una química lo suficientemente variada como para dar lugar a alguna forma de vida?

Buen matiz, voz cursiva.

Se suele considerar el silicio como la alternativa más plausible para la vida porque es el único elemento, además del carbono, que puede formar cadenas de átomos lo bastante largas como para codificar información biológica en su interior o, lo que es lo mismo, formar algún tipo de ADN (aunque sea muy simple) que permita a un ser vivo replicarse.

Pero no cantemos victoria todavía, porque el silicio tiene una serie de propiedades distintas al carbono que limitan mucho su capacidad para producir vida.

En primer lugar, los átomos de silicio tienden a unirse entre ellos mediante enlaces simples, que son muy débiles en comparación con los enlaces dobles o triples que se forman entre los átomos de carbono. Como resultado, las moléculas complejas basadas puramente en el silicio, como los silanos, son mucho más inestables que las del carbono, sobre todo en ambientes ricos en oxígeno y/o agua.

Las moléculas que tienen un esqueleto de átomos de silicio alternados con átomos de oxígeno (las siliconas) son más estables en estas condiciones… Pero eso es precisamente porque son bastante inertes, lo que limita su potencial para formar compuestos complejos con otras moléculas de su entorno.

Además, al tener un tamaño mayor, a los átomos de silicio les cuesta mucho más encajar átomos de otros elementos a su alrededor y formar moléculas tan grandes y complejas como las que forma el carbono.

Una molécula orgánica grande perteneciente a la familia de las porinas. (Fuente)

Otro impedimento que presenta el silicio a la hora de formar vida es que, en la naturaleza, tiende a encontrarse unido con el oxígeno en forma de dióxido de silicio (SiO2), una sustancia sólida, dura, insoluble e inerte. De hecho, es el compuesto del que están hechos el cuarzo y el vidrio.

Cristales de cuarzo ahumado enormes encontrados en los Alpes Suizos. Crédito: Franz von Arx/Elio Mulle.

El problema es que los enlaces entre el oxígeno y el silicio son muy fuertes así que, incluso aunque el silicio pueda ser mucho más abundante que el carbono en un planeta rocoso (como ocurre en la Tierra), prácticamente todos los átomos de este elemento estarán unidos al oxígeno, sin posibilidad de reaccionar químicamente con su entorno para dar lugar a otros compuestos más complejos.

Total que, en términos de producir vida, el silicio no…

¡Espera, espera, no concluyas nada aún! Si todo esto es cierto y a la vida le cuesta tanto asimilar el silicio, ¿cómo puede ser que haya organismos que lo utilizan en nuestro planeta, eh?

Si, tienes razón, hay organismos marinos como las diatomeas que tienen caparazones hechos de sílice, precipitado a partir del ácido silícico que hay disuelto en el mar. Pero hay que tener en cuenta que este sílice no forma parte de la estructura molecular del propio ser vivo, sino que simplemente se deposita sobre el organismo hasta formar un caparazón inerte a su alrededor.

Una diatomea de la especie Thalassiosira pseudonana.

Como iba diciendo, las propiedades químicas del silicio limitan mucho su capacidad para producir vida en condiciones similares a las de la Tierra, donde las moléculas a las que da lugar serían demasiado inestables. Ahora bien, ¿existiría algún entorno en el que el silicio fuera un elemento más apropiado para la vida que el carbono?

Es difícil saberlo. Por ejemplo, hay compuestos de silicio que son solubles en nitrógeno líquido, lo que podría convertir este elemento en el mejor candidato para formar vida en mundos muy fríos y sin oxígeno que potencialmente puedan contener océanos (o charcos, aunque sea) de esta sustancia. De hecho, es posible que existan ambientes muy distintos a las condiciones que se pueden encontrar en la Tierra y en los las moléculas basadas en el silicio tengan más éxito que las orgánicas a la hora de producir sustancias complejas precursoras de algún tipo de vida.

En cualquier caso, aunque teóricamente hay situaciones en las que el silicio podría tener ventajas sobre el carbono, de momento no hay señales de que exista vida basada en el silicio, por simple que sea, ni en la Tierra ni en ningún otro lugar del universo. Y, aunque no se sabe qué tipos de compuestos de silicio pueden combinarse para dar lugar a algún tipo de forma de vida, sí que se sabe que este elemento tiene una química mucho más limitada que el carbono, así que es posible que un organismo con base de silicio nunca pudiera alcanzar el grado de complejidad que ha demostrado la vida orgánica.

Ahora bien, el silicio sí que funciona estupendamente para fabricar circuitos electrónicos así que, si se considerara que un robot con una inteligencia artificial lo bastante avanzada estaría vivo, entonces se podría razonar que la vida basada en el silicio puede surgir siempre y cuando exista alguna forma de vida basada en el carbono que la invente primero. Pero, por supuesto, eso es un debate completamente distinto del que tal vez hablaría otro día.

Hasta entonces, os dejo con las informaciones de siempre.

Ciencia de Sofá tiene un libro nuevo, “Las 4 fuerzas que rigen el universo“. En él hablo sobre cómo las cuatro fuerzas fundamentales dan forma a nuestro universo, su descubrimiento y su efecto sobre nuestras vidas. Por otro lado, el libro “viejo” (“El universo en una taza de café“) va por la tercera edición y ahora vuelvo a ofrecer suscripciones a la revista de National Geographic así que, si os interesa alguna de estas propuestas, podéis acceder a una entrada donde las explico con más detalle haciendo click sobre la siguiente imagen 🙂

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Cuáles son las estrellas más densas del universo?

Esta semana quería colgar el vídeo sobre la Tierra de la “serie” del sistema solar, pero no he podido terminarlo porque he andado liado preparando la charla que daré este viernes (17 de noviembre) a las 19:30 en el Domus de A Coruña junto con Deborah, de Dimetilsulfuro. Si andáis por allí y os apetece venir, hablaremos de “Lo extraordinario de lo ordinario” (el evento está abierto al público y es gratuito).

Dicho esto, hoy os traigo un artículo sobre estrellas extremadamente densas que tenía ganas de escribir desde hace tiempo.

Ya vimos en esta otra entrada que, cuando las estrellas que tienen una masa similar a la del sol empiezan a agotar su combustible, se hinchan, expulsan sus capas externas al espacio y dejan atrás las remanentes compactas de su núcleo en forma de una estrella enana blanca.

La masa de las enanas blancas ronda entre 0,17 y 1,33 veces la del sol pero, curiosamente, estos objetos tienen un tamaño similar al de un planeta rocoso pese a que su masa sea comparable a la de una estrella. Como resultado, la materia que compone las enanas blancas está increíblemente compactada, llegando a alcanzar densidades de miles de millones de kilos por metro cúbico (10kg/m3). En comparación, el agua tiene una densidad de unos 1.000 kg/m3 y el elemento más denso de la tabla periódica, el osmio, “sólo” llega a los 22.600 kg/m3 en condiciones normales.

¡¿Qué dices?! ¿Y por qué existe una diferencia tan grande entre la densidad de la materia “normal” y la de una enana blanca?

Pues porque, en las condiciones a las que está sometida la materia en nuestro día a día, la mayor parte del volumen de los átomos está vacía.

Me explico.

Los electrones son unas 2.000 veces más ligeros que los protones o los neutrones, así que casi toda la masa de un átomo está concentrada en su núcleo. Pero, pese a lo que puedan sugerir las ilustraciones de átomos a las que estamos acostumbrados, el diámetro de los núcleos atómicos es en realidad unas 100.000 veces menor que el de los átomos a los que pertenecen, delimitado por la órbita de los electrones más externos.

¿Y qué hay en ese todo ese espacio que queda entre los electrones y el núcleo?

No hay nada, voz cursiva. De hecho, el 99,9999999% del volumen de un átomo está vacío, así que los átomos tendrían más o menos este aspecto “a escala real”:

Como podéis imaginar, esta ilustración no sería muy útil en un libro de texto.

Por tanto, como casi toda la masa de los átomos está concentrada en el núcleo y la mayor parte del volumen de un átomo está vacío, su densidad global es muy baja y, de la misma manera, también lo es la de la materia a la que dan lugar.

Pero las condiciones que se dan en el interior de una enana blanca son de todo, menos normales.

Debido a su tremenda masa y su reducido tamaño, el campo gravitatorio de una enana blanca es tan intenso que el peso de una persona sobre su superficie sería cientos de miles de veces superior al que experimenta en la Tierra. En estas condiciones, la materia que compone las enanas blancas está sometida a una fuerza compresiva tan intensa que incluso los electrones se ven obligados a abandonar sus órbitas y concentrarse lo más cerca posible de los núcleos atómicos.

Llegados a este punto, la única fuerza que se opone a la gravedad y que impide que la materia de una enana blanca se siga comprimiendo es el principio de exclusión de Pauli que, básicamente, dictamina que dos partículas no pueden ocupar el mismo estado cuántico. O sea, que en esta situación los electrones están tan pegados unos a otros que las leyes fundamentales de la mecánica cuántica les impiden acercarse aún más y, como resultado, los “átomos” de una enana blanca contienen mucho menos espacio vacío que en condiciones normales porque los electrones están mucho más cerca de sus núcleos.

Por tanto, la materia de una enana blanca es tan densa porque contiene muchos más núcleos atómicos por unidad de volumen que en condiciones normales.

Pero las enanas blancas ni siquiera son los objetos más densos que se  conocen.

Cuando una estrella mucho más masiva que el sol revienta en forma de supernova, la explosión resultante es capaz de compactar todo el material de su núcleo en una esfera de pocas decenas de kilómetros de diámetro. Este tipo de objetos, llamados estrellas de neutrones, pueden contener una masa hasta casi 2 veces mayor que la del sol comprimida en una esfera de una decena de kilómetros de diámetro y, en consecuencia, su densidad alcanza cientos de miles de billones de kilos por metro cúbico (3,7×1017 a 5,9×1017 kg/m3).

Las estrellas de neutrones alcanzan estas densidades tremendas porque su campo gravitatorio es aún más fuerte que el de las enanas blancas, de modo que la fuerza compresiva a la que está sometido su interior es tan intensa que sus electrones se ven obligados a unirse con sus núcleos, combinándose con los protones para producir más neutrones. Pero, cuidado, porque, pese a lo que su nombre sugiera, no todas las partículas que hay en una estrella de neutrones son… Bueno, neutrones.

En realidad, la corteza de estos objetos está compuesta mayoritariamente por núcleos de hierro (que contienen tanto neutrones como protones) y electrones que se mueven entre ellos libremente, pero la concentración neutrones va aumentando con la profundidad hasta que se convierten en las partículas mayoritarias cerca del centro de la estrella.

(Fuente)

En cualquier caso, el interior de una estrella de neutrones está compuesto por núcleos atómicos muy pegados entre ellos. Sin apenas espacio vacío que separe esos núcleos, el material que contienen estas estrellas alcanza esas densidades tan surrealistas. De hecho, salvando mucho (muchísimo) las distancias, se podría comparar (pero con cuidado) una estrella de neutrones con un núcleo atómico gigante.

Ahora bien, al menos hipotéticamente, la materia se puede comprimir aún más.

En esta otra entrada comentaba que los protones y los neutrones no son partículas fundamentales porque están compuestos por unas partículas aún más pequeñas llamadas quarks: tanto protones como neutrones contienen 3 quarks cada uno, mantenidos en su sitio por la llamada fuerza nuclear fuerte (a la que dedico un capítulo entero, junto con la fuerza nuclear débilen mi segundo libro).

Crédito: GeneralFM/Istock/Thinkstock

Y resulta que, en teoría, si la fuerza gravitatoria de un objeto es lo bastante intensa como para sobreponerse a la repulsión que se produce entre los neutrones sin convertirlo en un agujero negro, incluso estas partículas se pueden descomponer y convertirse en una “sopa” de quarks sin ningún tipo de estructura.

El material contenido en un objeto hecho con este material, una estrella de quarks, sería aún más denso que el de una estrella de neutrones y, como resultado, el diámetro de estos cuerpos celestes hipotéticos sería mucho menor. Para hacernos una idea de la diferencia, aquí tenemos una escala en la que se comparan estos objetos con un asteroide relativamente grande:

(Fuente)

Y, para hacernos otra idea de lo comprimido que estaría el material dentro de estas estrellas, sería algo así:

Pero, por emocionante que suene la idea, nadie ha encontrado una estrella de quarks… De momento.

Se ha sugerido que las estrellas de neutrones con una masa más de 2 veces superior a la del sol podrían estar parcialmente hechas de esta “sopa” de quarks, así que el descubrimiento de una estrella con estas características sería un buen indicativo de la existencia de este tipo de materia. Por otro lado, también se ha calculado que un objeto compacto con una masa unas 2,75 veces superior a la del sol generaría una fuerza gravitatoria lo bastante intensa como para convertirse en una verdadera estrella de quarks.

¿Tan poca masa? Entonces el universo debe estar lleno de estas estrellas de quarks, ¿no?

Pues no tiene pinta, voz cursiva, porque la estrella de neutrones más masiva que se ha descubierto hasta ahora no alcanza las dos masas solares así que, al menos de momento, no hay ningún candidato sólido en la categoría de las estrellas de quarks.

Aun así, también algunas supernovas especialmente intensas que se han observado podrían indicar que estas explosiones están produciendo estrellas de quarks, en vez de estrellas de neutrones. Un caso es el de la supernova SN 2006gy, que estalló con un brillo 100 veces más de lo que cabría esperar… Pero, igual que en los casos anteriores, no hay una evidencia sólida de que ese sea el caso.

O sea que, de momento, las estrellas más densas que se conocen son las estrellas de neutrones. ¿Se confirmará la existencia de las estrellas de quarks y me veré obligado a actualizar esta entrada? Sólo el tiempo lo dirá.

 

Y ahora, para variar…

Ciencia de Sofá tiene un libro nuevo, “Las 4 fuerzas que rigen el universo“. En él hablo sobre cómo las cuatro fuerzas fundamentales dan forma a nuestro universo, su descubrimiento y su efecto sobre nuestras vidas. Por otro lado, el libro “viejo” (“El universo en una taza de café“) va por la tercera edición y ahora vuelvo a ofrecer suscripciones a la revista de National Geographic así que, si os interesa alguna de estas propuestas, podéis acceder a una entrada donde las explico con más detalle haciendo click sobre la siguiente imagen 🙂

Patrañas (XVII): Aclarando algunas cosas sobre el concepto de “energía”

Uno de los términos más confusos que rondan tanto por internet como por las librerías es la palabra “energía“. Este concepto se utiliza en una gran variedad de situaciones, desde los textos científicos académicos hasta los círculos más esotéricos, así que es normal que mucha gente tenga una idea muy difusa de lo que es la energía y muchas veces no sea consciente de que hay contextos en los que el término no significa nada en absoluto.

Por tanto, hoy voy a intentar aclarar qué es la energía para que nos sea más fácil distinguir cuándo una persona nos está intentando vender (literal o metafóricamente) una idea que se está sacando de la manga.

La energía es “la propiedad que se debe transmitir de un objeto a otro para que pueda realizar un trabajo“. A su vez, el trabajo es una magnitud física que representa “la capacidad para mover cosas de un lugar a otro“. Por tanto, cualquier fenómeno que pueda provocar un movimiento estará transmitiendo alguna forma de energía a su entorno.

Por ejemplo, cuando el agua cae a través de los conductos de una presa, hace girar unas turbinas que generan electricidad. Como su movimiento se puede transmitir a otros objetos, el agua produce energía. Esta capacidad que tienen las cosas que están en movimiento para mover otros cuerpos se llama energía cinética.

Esquema adaptado de aquí.

Sí, bueno… ¿Y qué tipo de energía hace que los fogones de la cocina o el microondas calienten la comida? Porque el metal de las ollas está quieto todo el rato y la comida del microondas no se pasea por encima del plato, así que nada está realizando un “trabajo” sobre ellas.

Buen apunte, voz cursiva. Es verdad que, a primera vista, hay muchos fenómenos que parecen no producir trabajo y, por tanto, da la impresión de que no pueden estar generando energía. Pero si miramos la realidad con más detenimiento, incluso lo que está quieto está lleno de movimiento.

Como hemos visto en otras entradas, la temperatura de un objeto refleja la velocidad a la que se mueven las partículas que lo componen: cuanto más rápido se muevan los átomos de una sustancia, más caliente estará. Sabiendo esto, es fácil ver por qué el calor que producen un fogón o un microondas también es una forma de energía.
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El sistema solar (II): Venus

Como al final parece que el nuevo formato de vídeos os gustó, hoy os traigo la segunda entrega de la serie sobre el sistema solar en la que hablo sobre Venus. Por otro lado, estos días no he podido dedicar tiempo al blog porque he estado liado con unos talleres de ciencia, pero espero que el ritmo de actualizaciones vuelva a la normalidad la semana que viene (con un artículo, no os preocupéis).

¡Espero que os guste el vídeo!

El sistema solar (I): Mercurio

He pensado en cambiar el formato de mis vídeos de manera provisional porque, si os gusta, me gustaría hacer una “serie” de este estilo sobre el sistema solar. Este es el primer vídeo de la entrega, en el que explico qué sabemos hoy en día sobre Mercurio, el planeta más cercano al sol.

¡Espero que os guste!

DATO CURIOSO: La motivación inicial para cambiar de formato es que pensaba que me daría menos trabajo… Pero no, al contrario (aunque me ha gustado más hacer el vídeo).

Respuestas (LXXXV): ¿Existe una “temperatura más alta posible”?

Isma Garou me preguntaba hace unos días si, igual que existe una temperatura mínima posible, hay una temperatura más alta que nada pueda superar. Y resulta que el tema es bastante interesante, así que toca hoy toca hablar del calor.

Vale, pero espera un momento. Por una vez, ¿podrías responder “sí o no” y dar una cifra, sin irte por las ramas?

Podría, voz cursiva, podría… Pero entonces no aprenderíamos nada sobre el efecto que tienen las temperaturas extremas sobre la materia que nos rodea.

Pfff…

Como había comentado en esta otra entrada, la temperatura no es más que un reflejo de la velocidad a la que se mueven los átomos de una sustancia: cuanto más rápido vayan, más caliente nos parecerá que está. Este es el motivo por el que la temperatura más baja que puede alcanzar un objeto son -273,15ºC, el llamado cero absoluto, que tendría lugar cuando sus átomos están completamente quietos.

Y, como ya he comentado otras veces, la materia sufre diferentes cambios a medida que su temperatura aumenta.

Una sustancia permanecerá en estado sólido mientras sus átomos se muevan lo suficientemente despacio como para que sus enlaces los puedan mantener unidos. Pero, si la temperatura empieza a aumentar, llega un punto en el que los átomos vibran con tanta violencia que ya no son capaces de mantenerse enlazados. Es entonces cuando la estructura rígida que forman los átomos se desmoronará y la sustancia pasa de ser un sólido a un líquido.

Como dato adicional, la sustancia que tiene el punto de fusión más alto conocido es una “aleación” de hafnio, tántalo y carbono que no se funde hasta que alcanza 4.126ºC.

Polvo de carburo de tántalo (sin el carburo de hafnio). (Fuente)

Pero, como habréis imaginado, existen temperaturas más altas.
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El mejor método (razonable) para enfriar una bebida rápidamente

Hoy os traigo un nuevo vídeo en el que pongo a prueba algunas sugerencias que me hicisteis la última vez que comprobé la efectividad de tres métodos distintos para enfriar una bebida (hielo, agua con hielo o agua salada con hielo). Y, no, por desgracia no he usado nitrógeno líquido.

¡De todos modos, espero que la cuestión quede zanjada! (y, si no, me lo podéis decir en los comentarios)

Respuestas (LXXXIV): ¿Realmente es posible que el universo sea un holograma?

Hace poco me di cuenta de que el buzón de entrada de mi correo electrónico (jordipereyra@cienciadesofa.com) ha acumulado muchas preguntas sobre la hipótesis del universo holográfico, un concepto que seguramente os habréis encontrado alguna vez en forma de noticias con titulares sensacionalistas que afirman que algún grupo de científicos ha demostrado que vivimos en un holograma.

A juzgar por los correos que me han llegado, parece que mucha gente ha interpretado que la comunidad científica se está preguntando seriamente si nuestro universo podría ser realmente un holograma en el sentido literal de la palabra: un modelo en tres dimensiones proyectado a partir de una superficie bidimensional (ya sea plana o curvada). Algo así, vaya:

Dramatización. (Fuente)

Pero, ¿hay algo de cierto en esta idea? ¿De verdad alguien ha demostrado que vivimos en un “universo holográfico”? ¿O el concepto de que la realidad es un holograma es una exageración más, alimentada por las ansias que tienen los medios digitales de ganar clicks fáciles?

Conociendo el historial de este blog, me huelo que la respuesta es que…

Shhhh, no adelantemos acontecimientos, voz cursiva. Para entender de qué va todo esto del universo holográfico, primero tendremos que hablar sobre información y agujeros negros.
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