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Respuestas XXXIV: Sueño

Jesús Ríos nos ha  nos ha enviado un mensaje hablando de sus problemas con el sueño y diciendo que, pese a dormir 4 o 5 horas al día (técnicamente, noche) durante el último mes, no se siente cansado. La verdad es que no teníamos ni idea de si eso es bueno o malo, pero el hecho de que los seres humanos podamos llegar a pasarlo mal si no nos quedamos inconscientes unas horas cada día es, como poco, curioso. De hecho, los seres humanos podemos llegar morir por falta de sueño.

No tenemos imágenes que colgar con este artículo, así que 

usamos gatos somnolientos para amenizarlo.

 

Pero vayamos por partes. En primer lugar: ¿Por qué dormimos?

De media, pasamos el 33% de nuestra vida durmiendo así que, a nivel biológico, parece que descansar es importante. El problema es que no hay un consenso claro sobre el motivo que nos obliga a quedarnos tirados en la cama sin hacer nada un tercio de nuestras vidas, aunque con el desarrollo de tecnologías capaces de medir la actividad cerebral se han hecho avances.

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Cerebro (II)

A veces vemos pedazos de información por ahí, damos su veracidad por supuesta y empezamos a esparcir ese conocimiento como falsos mesías sin ser conscientes del daño que estamos haciendo. No pasa nada: hoy venimos a hablar sobre los mitos que rodean nuestro propio cerebro (cerebros desmintiendo mitos que han esparcido sobre sí mismos).
En primer lugar, está el ganador absoluto en la categoría de falsedades ilógicas que de alguna manera se cuelan en la enciclopedia oral colectiva:

Obviamente, eso no tiene ningún sentido porque, pese a que la naturaleza no es tan inteligente como pensamos (lo comentábamos en esta entrada), no nos dotaría de un órgano que consume el 25% de la energía que ingerimos para que luego el 90% de ese órgano no sirva para nada

Por supuesto, cantamañanas paranormales varios utilizan esta cifra falsa para intentar convencerte de que hay todo un mundo más allá de nuestra percepción y que el resto del cerebro puede usarse para desarrollar telekinesis y mover cosas con la mente, tratando de venderte libros y DVDs para desbloquear tu supuesto potencial.
El cuerpo humano es una red extremadamente compleja de componentes mecánicos y reacciones químicas, que hace cosas complicadas como descomponer la comida que ingiere para absorber sus nutrientes y llevar el resto hasta la otra punta del cuerpo, detectar constantemente impulsos externos o mandar señales para que se produzcan más o menos defensas. Esto requiere una gran cantidad de potencia de cálculo y, de hecho, la vasta mayoría de tu cerebro está dedicada a controlar este tsunami de funciones involuntarias. El poco “espacio” que sobra (a saber qué porcentaje es) es el que usamos para nuestros pensamientos conscientes. 
Total, 
Mito: usamos el 10% de nuestro cerebro.
Realidad: usamos el 100%, sólo que la mayoría está ocupada haciendo cosas más importantes que prestar atención a fotos de gatos por internet.

Siguiente mandanga:

Dato extra: el bebé de la imagen es Winston Churchill.

No hay ningún estudio que confirme que escuchar a Mozart o cualquier otro compositor clásico aumente la inteligencia de los niños, estén dentro o fuera del útero materno. Tampoco en adultos, en las mismas condiciones.

Es verdad que, tanto en bebés como en adultos, la música estimula partes del cerebro que sirven para otras cosas (en este caso, el razonamiento espacial), pero lo mismo podría decirse de casi cualquier otra actividad como, por ejemplo, leer Ciencia de Sofá.

Los resultados de los estudios que se han realizado al respecto son muy diversos y la mayoría están centrados en montar dos grupos de gente, asignarles una tarea, y hacer que uno de los grupos escuche música clásica antes de realizarla y otro no. Algunos estudios reportaban una ligera mejora en las tareas realizadas por los individuos que acababan de escuchar música clásica, otros no mostraban ninguna diferencia en absoluto y algunos incluso un empeoramiento, pero en todos los casos las variaciones fueron tan leves que no pueden considerarse significativas.

Al parecer, el mito se originó a finales de la década de los 80 y principios de los 90, cuando se empezó a investigar sobre el efecto que la música tiene en el desarrollo cerebral y se sugirió, sin comprobarlo, que la música podría tener un efecto positivo a corto plazo sobre el funcionamiento de nuestro cerebro (es decir, que puede que te ayude a aclarar las ideas un rato)… Pero, claro, había gente dispuesta a exagerar la evidencia científica para empezar a vender packs de música que podían volver a tus hijos unos genios. Porque, claro, es mucho más fácil darle al play que prestarle atención.

Mito: escuchar música clásica aumenta la inteligencia de tu hijo.
Realidad: apaga la tele, quítale los auriculares y llévalo al acuario.

Y el último por hoy:

Este mito sí que tuvo credibilidad científica y fue aceptado por la comunidad médica en general… En el siglo XIX. Por aquél entonces se descubrió que las heridas en determinadas partes del cerebro se correspondían con la pérdida de ciertas habilidades.

Pero hoy en día tenemos escáneres capaces de mostrarnos directamente qué zonas del cerebro se activan cuando usamos la cabeza, y con echarle un vistazo a los procesos del pensamiento los neurólogos se han ido dando cuenta de que el cerebro es mucho más intrincado de lo que se había pensado y que muchas partes del cerebro que se creían separadas están conectadas a través de los dos hemisferios.

Cerebro (I)

La neurología es un campo que del que no sabemos tanto como nos gustaría. No tenemos una idea muy clara de cómo se almacenan los recuerdos o ni siquiera de lo que es exactamente la conciencia, por ejemplo.
Todo esto es una excusa porque nos gusta mirar enfermedades mentales raras por internet y vamos a escribir sobre unas cuantas. 
Seguramente habéis oído hablar sobre el síndrome de Estocolmo, que afecta a rehenes que se encariñan con sus secuestradores, pero también existe el caso inverso: el síndrome de Lima, bautizado tras una crisis en la embajada de Japón en Perú en la que un grupo militar tomó por rehenes a cientos de personas, la mayoría de las cuales soltaron a las pocas horas porque los asaltantes sentían simpatía hacia ellos.
Cuatro rehenes del robo de un banco en la capital sueca que 
empatizaron con el asaltante y bautizaron sin querer el síndrome. 
A la derecha, su captor.
Otro desorden mental que nos ha llamado mucho la atención es el síndrome de Cotard. Si estás convencido de que está muerto, te estás pudriendo, no existes, no tienes órganos internos o, incluso, de que eres inmortal, probablemente lo sufras. 

Uno de los primeros casos, registrado por el neurólogo francés Jules Cotard, fue una mujer que acudió a él diciendo que no tenía ni cerebro, ni nervios, ni nada del pecho, ni estómago, ni intestinos, por lo que se consideraba inmortal y, por tanto, no tenía necesidad de comer. Murió de inanición poco después.
Esta foto no aporta nada, pero ha salido en Google Imágenes al escribir
“síndrome de Cotard” y nos ha hecho gracia lo mal caracterizada 
que está. Crédito: mentalfloss.
Luego hay un conjunto de pequeños desórdenes interesantes que se disparan en forma de episodios breves al experimentar ciertas situaciones. 
Cuando alguien se encuentra rodeado de arte en un museo y está particularmente apasionado por las obras exhibidas, puede sufrir un episodio de síndrome de Stendhal: la emoción del momento da lugar a mareos, palpitaciones, vértigo e incluso alucinaciones. El propio Stendhal (era un pseudónimio) dejó su propio testimonio como el primer caso registrado de este síndrome al visitar la basílica de Santa Cruz, en Florencia:

Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme“.
Algo por el estilo ocurre en la ciudad de Jerusalén (que da su original nombre al síndrome de Jerusalén): cuando algunos visitantes que llegan a la Ciudad Santa se ven sobrellevados por la psicosis religiosa, acompañada de ilusiones de la misma temática. En los casos más radicales, el afectado cree que es alguno de los personajes de la Biblia y empieza a actuar como tal. 
No es la única ciudad que despierta psicosis: a algunos turistas que visitan la ciudad de París sufren que el síndrome de París (la originalidad de los psiquiatras es notable). Lo curioso sobre los episodios de este síndrome es que suelen ocurrir entre turistas japoneses.
Dicho llanamente: algunos turistas japoneses tienen una visión extremadamente idealizada de la capital francesa y, al visitarla, descubren que hay gentuza, como en todos lados y que no es ni la mitad de maravilloso que habían imaginado. Esto, combinado con las grandes diferencias culturales y la barrera del idioma, es el detonante de este síndrome que puede llegar a desembocar en episodios de ansiedad, taquicardias, sudores, mareos e incluso despersonalizaciones.
Estamos hartos de no poder poner suficientes imágenes en este tipo de entradas, así que aquí la acabamos. FIN.

Acinetopsia

Cuando alguien sufre acinetopsia, o ceguera motriz, su cerebro pierde la capacidad de procesar el movimiento.

¿Pero qué me estás contando?
Sí, sí.

El primer caso de acinetopsia fue registrado en 1911. Una mujer de 58 años que había sufrido daños en el cerebro posterior describía que de repente percibía el movimiento “como si un cuerpo permaneciera estacionario, pero cambiara constantemente de posición”. Sin registros anteriores y, siendo principios de siglo, los médicos no sabían dónde meterse.
En 1918 aparece el segundo caso. Un hombre de 24 años que había sobrevivido a un disparo en la  cabeza contaba que era capaz de detectar las posiciones de un objeto, pero no el recorrido que éste hacía al desplazarse entre ellas. Una vez más, poco podía hacerse para remediarlo.
Casi todo lo que se sabe sobre la acinetopsia se lo debemos a una mujer de 43 años que empezó a sufrir sus consecuencias en 1978. Presentando síntomas similares a los casos anteriores, ella consiguió aprender a vivir con ello utilizando el sentido del oído para deducir el movimiento. Para cruzar la calle, por ejemplo, podía estimar de oído a qué distancia se encontraba un coche que para ella avanzaba a trompicones. De todos modos, pese a las innumerables pruebas a las que la sometieron, nadie logró encontrar una cura.
¡Calla y dime por qué pasa esto!

Lo que nosotros interpretamos como imágenes no es más que un montón de rayos de luz impactando contra nuestras retinas, a los que nuestro cerebro luego da sentido. Para no perderse lo que está pasando en ningún momento, la retina está constantemente en movimiento para “escanear” el poco mundo que se extiende ante nuestras narices.

Al contrario que los pájaros, que pueden observar todo su entorno sin mover los ojos, nuestros globos oculares no paran de moverse de un lado a otro al mirar una escena, mientras nuestro cerebro va construyendo una imagen tridimensional de nuestro entorno a medida que recibe la información de diferentes puntos*. Estos rápidos espasmos de la retina se llaman movimientos sacádicos.

Por ejemplo, este suele ser el recorrido de nuestros ojos al fijarnos en una cara (puede variar según gustos y filias personales):

Fuente: wikipedia.com

Antes de que empecéis a desconfiar, sí que existe una máquina capaz de seguir el movimiento de tus ojos. Y, no, no es tan invasiva como podría parecer.

Cada movimento sacádico suele durar entre 20 y 200 milisegundos. Cada vez que nuestros ojos se detienen entre dos movimientos, escanean la imagen y la asimilan como si fuera el fotograma de una película, que luego es procesada por el cerebro.

En realidad, nuestro sentido de la vista funciona como una cámara de vídeo, tomando varias “fotos” cada segundo que, al ser proyectadas con la velocidad suficiente, generan la ilusión de producir un movimiento fluido.

¡Pero yo pensaba que la visión era algo continuo!
Pues no, porque:
1. El tiempo es continuo, así que siempre hay una unidad de tiempo más pequeña que la que eres capaz de medir. Nunca podríamos conseguir un movimiento completamente continuo, porque para eso necesitaríamos ser capaces de asimilar infinitas imágenes cada segundo.
2. Aún pudiendo procesar mil millones de imágenes cada segundo (lo que es una fracción nula del infinito), nuestro cerebro se colapasaría ante tal cantidad de información. 

A lo mejor sería capaz de manejar estas cifras consiguiendo “espacio libre”, parando la respiración,  interrumpiendo la digestión, deteniendo el corazón, o todo al mismo tiempo, pero no creo que sea una buena idea desde el punto de vista evolutivo.

“No puedo oiros, estoy ocupado viendo 
el mundo con muchísima fluidez”
Nuestro cerebro ha desarrollado una alternativa que funciona perfectamente y que requiere tan poco esfuerzo mental que lo hace de manera involuntaria: con toda la historia de los movimientos sacádicos, es capaz de tomar una instantánea cada pocos milisegundos, para luego deducir el espacio carente de información que queda entre los dos “fotogramas”. Este genio nos permite ilustrar el ejemplo.
El cerebro de la gente que padece acinetopsia ha perdido esa habilidad para unir las dos imágenes de manera fluida, de manera que lo único que ve son imágenes sueltas sin conexión. Algo al estilo de este vídeo, aunque dudo que alguien con acinetopsia se arriesgara a moverse tan rápido.
*Una consecuencia curiosa de este fenómeno es que cada día pasamos ciegos, de media, 40 minutos. Este periodo de ceguera acumulado corresponde a la suma de la duración de todos los movimientos sacádicos, periodos durante los que el cerebro no está recibiendo en realidad ninguna información.