Archivo de la categoría: Respuestas

Respuestas (LXX): ¿Existe la antigravedad?

Ya he vuelto oficialmente a mi hogar de internet y hoy he querido hablar sobre otro tema que me sugirió un lector vía jordipereyra@cienciadesofa.com.

Resulta que alguien que supuestamente se llama Alan Harris estuvo leyendo información en internet sobre el desarrollo de una supuesta tecnología antigravitatoria y me quiso preguntar dos cosas: si la antigravedad es un fenómeno real y, de ser así, si estamos remotamente cerca de conseguir aprovechar su potencial.

Tengo malas noticias para ti, Alan Harris.

Antes de empezar a hablar sobre los avances en el campo de la antigravedad, aclaremos qué NO es la antigravedad: no es lo que permite a los astronautas “flotar” en el espacio (como comentaba en esta entrada) ni tiene nada que ver con el magnetismo que mantiene la peonza del siguiente vídeo suspendida en el aire:

En estos casos, los objetos involucrados no están experimentando ninguna “fuerza antigravitatoria. Los dos parecen inmunes al efecto de la gravedad a causa de fenómenos completamente distintos (la velocidad y el magnetismo) que contrarrestan la magnitud de la atracción gravitatoria que tira de ellos hacia abajo. Quería matizar este detalle porque hay empresas que utilizan el término “antigravedad” muy a la ligera con tal de hacer atractivos en sus productos.

¿Entonces no puedo referirme a mis torneados gemelos como “generadores de impulsos antigravitatorios de corta duración”?

Mientras no intentes vender tus piernas en eBay no te voy a poner ninguna pega, voz cursiva.

Pero, bueno, para entender el fenómeno de la antigravedad, hagamos primero un breve repaso sobre la naturaleza de la gravedad.

Como había comentado en otros artículos en los que hablaba sobre la teoría de la relatividad (por ejemplo, este sobre la película Interstellar), la gravedad no es una fuerza, aunque casi siempre nos referimos a ella como tal.
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Respuestas (LXIX):¿Pueden dos planetas compartir la misma órbita?

He podido rascar algo de tiempo estos días para responder a una pregunta que Manuel Riguera me mandó por correo electrónico (a jordipereyra@cienciadesofa.com) y en la que me planteaba si existen sistemas planetarios donde dos o más planetas compartan la misma órbita.

Añado una imagen para que os hagáis una idea de la situación de la que está hablando (aunque probablemente los planetas no se encontrarían en puntos opuestos de de la órbita):

Para empezar, es posible os sorprenda saber que se han encontrado muchos asteroides que comparten órbita con los planetas de nuestro propio sistema solar. Y con  muchos quiero decir miles.
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¿Cómo se ve el sol desde la superficie del planeta Mercurio?

Jossel SC me envió un e-mail (a jordipereyra@cienciadesofa.com) en el que preguntaba qué tamaño tendría el sol en el cielo si lo viéramos desde la superficie del planeta Mercurio. La cuestión le vino a la cabeza a principios de este mes después de ver fotos del tránsito de este planeta por delante del sol. Como esta, por ejemplo:

Mercurio es ese círculo diminuto de la izquierda. (Fuente)

Y es verdad que en este tipo de imágenes puede dar la impresión de que el sol se debería ver tremendamente grande desde la superficie de Mercurio… Pero hay que tener en cuenta que las fotos son representaciones en dos dimensiones de un espacio tridimensional, así que la mayoría de ellas no reflejan con fidelidad las distancias que separan a los cuerpos celestes y, por tanto, tampoco sus tamaños relativos (de hecho, Mercurio es incluso más pequeño en relación al sol de lo que la imagen sugiere).

A efectos prácticos, el cielo es como una gran pantalla bidimensional en la que aparecen proyectadas las imágenes de los cuerpos celestes que nos rodean y, como sabréis, el tamaño aparente de las cosas cambia según lo lejos que estén de nosotros. Es por eso que la Luna es capaz de tapar el sol durante un eclipse: aunque nuestro satélite tiene un diámetro 400 veces menor que el sol (3.474 km contra 1.400.000 km), se encuentra unas 400 veces más cerca (382.000 km contra 150.000.000 km) y, en consecuencia, presenta más o menos el mismo tamaño en el cielo.
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Respuestas (XLVII): ¿Cuál es el material más letal conocido, en términos de masa?

Rubén García-Valcárcel me planteó por correo electrónico (jordipereyra@cienciadesofa.com) el tipo de pregunta que más me gusta responder: algo que nunca me había planteado y que me resulta desconcertante a primera vista. ¿Cual es la cantidad mínima de materia necesaria para matar a un ser humano?

Quería aclarar que me ha parecido otra manera de enfocar la pregunta “¿cual es el material más mortífero?” y he preferido poner eso como título, ya que el objetivo de la entrada es hablar un poco de las peculiaridades de las sustancias que trataré y su efecto sobre el cuerpo humano, no de la idea de matar.

La cuestión es que, en el e-mail, Rubén también especifica que la forma en la que se encuentre la sustancia y el mecanismo a través del cual conduzca a la muerte son indiferentes. Puede ser un compuesto venenoso, un explosivo o cualquier cosa que se me ocurra, lo único que importa es que se trate de la menor cantidad de material posible.

Si las reglas han quedado claras, podemos empezar por los venenos.

Cualquier sustancia puede matarnos si nos exponemos a ella en cantidades suficientes. De hecho, la mayoría de cosas que nos metemos en el cuerpo en nuestro día a día son potencialmente letales en este sentido. Paracelso ya lo transmitió en el siglo XVI: “Todo es veneno, nada es sin veneno. Sólo la dosis hace el veneno“.

Para evaluar la toxicidad de compuesto químico se utiliza la dosis letal mediana (DL50), que es la masa de una sustancia que provoca la muerte al 50% de los sujetos expuestos a ella. Por ejemplo, el agua, la misma sustancia que nos mantiene vivos (aclaración innecesaria), es tóxica en grandes cantidades: su DL50 es de alrededor de 90 ml/kg, o 90 mililitros de agua  ingerida por cada kilogramo de masa corporal de la persona que la toma. Esto significa que alguien que pese 83 kilos, como el autor de Ciencia de Sofá, tendrá un 50% de probabilidades de morir si bebe 7,5 litros de agua en poco tiempo.

¿Pero qué dices? ¿Cómo va a matarte el agua?

Pues sí, voz cursiva, deshidratarte no es agradable, pero tampoco lo es hidratarte en exceso porque las células se hinchan a medida que absorben el agua que al cuerpo no le da tiempo a excretar a través de la orina. Las células del cerebro son especialmente vulnerables a este efecto porque, a medida que el cerebro se hincha mientras absorbe agua, puede llegar a ejercer suficiente presión contra las paredes del cráneo como para provocar daños cerebrales y la muerte.

Pero, bueno, 7,2 litros de agua es una cantidad enorme de materia. Hay otras cosas a nuestro alrededor que nos matarán en dosis menores, como por ejemplo el azúcar. Con una DL50 de unos 29,7 g/kg, me tendría que tomar casi 2,46 kilos de azúcar antes de tener un 50% de probabilidades de la gula me matara (eso son 4,1 kilos de Nutella, por si os lo preguntabais).
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Respuestas (XLVI): ¿Cual es el planeta más grande conocido?

Hoy toca responder a una pregunta muy interesante que Marco Alfonso me envió por e-mail (a jordipereyra@cienciadesofa.com) la semana pasada: ¿cuál es el planeta más grande conocido?

Y resulta que la respuesta no es tan directa como podría parec…

¡Ah, no, no, no! A ti te han preguntado cual es el planeta más grande conocido, así que por una vez vas a dar un dato en vez de irte por las ramas.

Vale, está bien, voz cursiva, toma tu respuesta fácil: con una masa hasta 30 veces mayor que la de Júpiter, el mayor planeta de nuestro propio sistema solar, el planeta más grande que podría haberse descubierto hasta la fecha es un gigante gaseoso que tiene el romántico nombre de DENIS-P J082303.1-491201b, o 2MASS J082303.1-491201b para los amigos.

Eh, espera, ¿cómo que “podría haberse descubierto”? ¿por qué me dice Wikipedia que no se sabe con certeza si es un planeta o una estrella enana marrón? ¿Me estás intentando engañar?

¡¿Ves como me tengo que ir por las ramas?!

A grandes rasgos, existen dos tipos de planetas: los planetas rocosos (como Mercurio, Venus, la Tierra y Marte) y los planetas gaseosos (como Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno).  Aunque su aspecto sea claramente distinto, la diferencia que más llama su atención entre los dos tipos de planetas es su tamaño.

Esta imagen me pareció curiosa, porque muestra cómo en los 300.000 kilómetros que separan la Tierra de la Luna podrían caber el resto de planetas del sistema solar. Y, de paso, os enseñaba la diferencia de escala que existe entre los planetas rocosos y los gaseosos de nuestro sistema solar. (Fuente)

Viendo la imagen, podéis imaginar que los astrónomos no se refieren a los planetas gaseosos como “gigantes gaseosos” sin un motivo: con un diámetro de 140.000 kilómetros, frente a los 12.756 de la Tierra, en el interior de Júpiter cabrían 1.300 planetas como el nuestro (previamente pulverizados para aprovechar todo su volumen, claro). Saturno tiene un diámetro de casi 120.000 kilómetros y los gigantes gaseosos más pequeños del sistema solar, Urano y Neptuno, tienen diámetros que rondan los 50.000 kilómetros.

Madre mía, ¿y a qué se deben estos tamaños tan dispares?

Buena pregunta.
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Respuestas (LXIV): ¿Por qué duelen las antiguas fracturas o cicatrices cuando va a cambiar el tiempo?

Roberto López-Herrero, un escritor que tiene un porrón de libros publicadoshasta una página dedicada a él en Wikipedia, me preguntó hace un tiempo: ¿por qué duelen las antiguas roturas o cicatrices cuando va a cambiar el tiempo? 

Resulta que es un fenómeno muy interesante pero, por común que sea y pese a que casi todos tengamos algún familiar que dice saber cuándo lloverá en cuanto le empieza a doler algo, no está ampliamente estudiado. Eso no significa que no se hayan hecho estudios pero, como ocurre con las cosas relacionadas con este tipo de fenómenos, que muchas veces tienen una fuerte carga subjetiva, es complicado establecer la causa exacta del dolor. Algunos muestran muy claramente que los cambios de presión atmosférica son los responsables, mientras que otros concluyen que hay pacientes afectados en mayor o menor medida por otros factores como la humedad o la temperatura.

En cualquier caso, y aunque a primera vista tenga pinta de que este fenómeno debería estar relacionado con el frío, el viento o la humedad, parece que el consenso es que el verdadero culpable tras el dolor de cicatrices, lesiones y articulaciones artríticas cuando el tiempo cambia es la presión atmosférica.

Así que vamos a ver mediante qué mecanismo puede afectar a la presión atmosférica a nuestros débiles cuerpos mortales.
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Respuestas (LXIII): ¿Qué tendría que pasar para que el sol diera vueltas alrededor de la Tierra?

Jon Koldo me comentó que hace un tiempo había leído esta noticia en la que se habla de un clérigo saudí que ha “echado abajo” la teoría heliocéntrica. El vídeo original se ha borrado, pero podéis ver sus argumentos en este otro. Básicamente, este señor dice dice que si la Tierra rotara nunca podrías llegar a China en avión (desde el oeste), porque la rotación del planeta estaría alejando el país de ti constantemente. Como sí que somos capaces de llegar a China en avión, la única conclusión lógica es que en realidad la Tierra está quieta y es el universo el que da vueltas a su alrededor.

Por supuesto, esto no tiene ningún sentido. Si su planteamiento fuera correcto cada vez que dieras un salto el suelo pasaría a toda leche por debajo de tus pies y, muy probablemente, acabarías estrellado contra algún muro o un árbol. En el ecuador, donde la superficie terrestre se mueve más deprisa, caerías a 464 metros del lugar desde el que te hubieras impulsado para saltar (suponiendo que pasaras un segundo en el aire y que no te estampas contra algo antes de caer). La marcha olímpica ganaría popularidad porque salir a correr resultaría una experiencia de los más extraña.

La cuestión es que esta afirmación no tiene ninguna validez e ignora de manera muy eficiente la física más elemental. Pero, aún así, a Jon Koldo le ha entrado la curiosidad y me ha preguntado (versión resumida de la pregunta): ¿cuánta masa debería tener la Tierra para que el sol diera vueltas a su alrededor? ¿qué consecuencias tendría esto para la vida en la Tierra?

Respuestas rápidas: 1) mucha, 2) no demasiado buenas.

Respuesta lenta: primero habrá que definir cuándo una cosa da vueltas alrededor de otra.
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Respuestas (LXI): El descubrimiento de Urano, congeladores en la Antártida y mareas en un vaso

Hoy toca ronda de respuestas, que tengo la sección un poco abandonada y quería ponerme un poco al día con las preguntas que me mandáis por e-mail.

La primera pregunta la vi en Facebook y apareció a raíz de la última entrada que publiqué. Sí, vale, sé que acabo de decir que respondería a las preguntas que me mandáis al correo electrónico, pero es que estaba perfectamente planteada para la sección de respuestas.

O sea (por si por algún motivo no podéis ver la imagen), ¿si Urano es visible a simple vista, por qué no se descubrió hasta el siglo XVIII?

Y esta es una pregunta muy curiosa porque, por su aspecto, los planetas no pueden diferenciarse a simple vista de las estrellas (excepto por el hecho de que, al contrario que las estrellas, los planetas no titilan). No puedes ver el disco de un planeta cargado de detalles simplemente mirando al cielo sin ayuda de un telescopio porque lo único que vemos al levantar la vista por la noche son un montón de puntos brillantes en el cielo.

Sin los nombres, en esta imagen no tendríamos manera de distinguir qué cosas brillantes son los planetas y cuál es la estrella (Spica). (Crédito: Peter Wong/EarthSky)

¿Podría el sistema solar ser un átomo gigante?

Mucha gente se hace esta pregunta, cuya versión extendida sería algo así como: ¿Y si el sistema solar es en realidad un átomo gigante y el universo es algún trozo de materia de un universo aún más grande?

El último en planteármela por e-mail ha sido asfasd fasdfasdf, así que voy a responderla antes de que alguien con un nombre aún más absurdo me la repita. Aprovecho para demostrar que esta historia es verídica y de paso recordar el e-mail al que podéis mandarme vuestras preguntas:

A parte de  la escena final de la primera película de Men In Black, supongo que este planteamiento tiene su origen en la vieja imagen que tenemos todos de un átomo, potenciada por libros de instituto, documentales e incluso este mismo blog muchas veces: un átomo aparece siempre representado como un núcleo formado por unas bolas grandes y está rodeado por otras bolas que dan vueltas a su alrededor a cierta distancia.

Pero resulta que esta imagen no es correcta. Por la cuenta que nos trae, podemos usar gatos en vez de bolas para representar las partículas subatómicas (como ya hice en esta entrada sobre el agua pesada) porque es simplemente eso, una representación de un fenómeno que no somos capaces de observar.
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Respuestas (LX): ¿Cuánto tiempo tardaríamos en ponernos morenos bajo la luz de la Luna?

Davilleee94 me comentó que su ciudad está sumida en el caos por culpa de las violentas confrontaciones entre dos grupos radicales de ideologías totalmente contrapuestas: los que piensan que te puedes poner moreno si te tumbas bajo la Luna llena durante un millón de años y los que no… O algo así, es una interpretación un poco libre.

El caso es que el concepto detrás de su pregunta me pareció muy interesante: ¿Nos podemos broncear bajo la luz de la Luna? En caso afirmativo, ¿Cuánto tardaríamos?

También dijo que dejó su pregunta en un comentario porque no sabía cómo contactar conmigo. Aparece en la imagen de la barra lateral derecha del blog, pero lo repito por aquí: podéis mandarme vuestras preguntas a jordipereyra@cienciadesofa.com. Por cierto, no respondo a las preguntas que tienen pinta de estar hechas para que os haga los trabajos del instituto que, aunque intentéis disimularlo, se os ve a kilómetros. “Me interesa mucho la respiración celular, ¿podrías hacer una entrada hablando de ello? Si cuando lo escribas no la quieres publicar me lo puedes mandar por aquí“. Claro, por supuesto.

En fin, para responder a la incógnita de hoy habrá que preguntarse primero: ¿Por qué nos ponemos morenos?
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