Martes. 16 de Julio de 2013. 10:15 A.M. Leo sobre las islas Andamán y Nicobar. Nunca me había fijado en ellas, así que me meto en Google Earth para echarles un vistazo. Tras un rato mirando fotos de paraísos tropicales, descubro algo que nos llama la atención.
Jordi Pereyra
Jordi Pereyra
Jordi Pereyra Marí (Ibiza, 1990). Graduado en Ingeniería Mecánica por la Universidad Politécnica de Catalunya e interesado en… Bueno, en cualquier tema que le ayude a entender mejor el mundo en el que vivimos. En 2013 empezó Ciencia de Sofá con la intención de despertar el interés por la ciencia entre el público que está menos familiarizado con ella, usando el humor y un lenguaje cercano, una fórmula que lo ha colocado entre los blogs de ciencia en castellano más populares.
El ciervo ratón (no confundir con el ratón ciervo) es el animal con pezuñas más pequeño del mundo.
Fuente, aquí.
Viven tanto en África como en Asia pero, mientras las especies asiáticas pesan entre 0.8 y 8 kg, las africanas oscilan entre los 7 y 16 kg. Pese a su pequeño tamaño, tienen cuatro estómagos que les ayudan a digerir las plantas que ingieren.
La naturaleza le da prioridad a los estómagos antes que a las patas.
Aunque la mayoría de las especies de ciervo ratón son herbívoras, el ciervo ratón de agua, que sólo se encuentra en África, a veces come cangrejos, peces o incluso restos de cadáveres de otros mamíferos. No recibe este nombre porque sea capaz de nadar ágilmente (las pezuñas son el opuesto matemático de las aletas), sino porque durante su vida no se alejan más de 250 metros de una masa de agua. Dada su condición de carroñeros, los colmillos de esta especie son más largos, hasta el punto que les sobresalen.
Una característica común que comparten los carroñeros es su cara de cabrones.
El segundo mamífero raro de hoy es la ardilla gigante india. Son llamativas porque, a parte de ser enormes, su pelaje está pigmentado con varios tonos diferentes y por su cara un tanto… Peculiar.
Suelen medir unos 60 centímetros de la cabeza a la cola y pesar unos 2 kg, así que no tienen mucha competencia en su ecosistema. Eso sí, la poca que tiene es bastante seria: sus dos únicos depredadores son aves de presa (léase cosas parecidas a águilas) y leopardos.
Para «combatir» a los primeros, la ardilla gigante india simplemente se queda paralizada y aplasta su cuerpo contra la rama sobre la que esté, una conducta un tanto extraña, tendiendo en cuenta que su especie puede dar saltos de hasta 6 metros, pero esto le sirve para mimetizarse con el entorno y, con suerte, que su atacante le pierda de vista.
Su táctica para evitar ser comida por leopardos, en cambio, es más efectiva: construyen nidos en forma de globo en ramas muy altas y delgadas, lo suficientemente resistentes para aguantar su propio peso, para que los leopardos no puedan alcanzarlas (o, si el leopardo no respeta su propia vida y llega hasta el nido, al menos que la rama se rompa y todo el mundo muera a modo de venganza).
El oro es un metal muy bonito, nadie lo pone en duda, pero tiene otras propiedades interesantes que lo convierten en la elección ideal en muchas aplicaciones que no cuelgan de nuestros cuellos y muñecas.
Al contrario que otros metales comunes como el hierro o el cobre, el oro un metal muy inerte y no se oxida al contacto con el agua ni el aire. Además, muy pocos ácidos reaccionan químicamente con este metal por sí mismos, por lo que el oro se suele disolver con una mezcla de ácido nítrico y ácido clorhídrico. Los alquimistas llamaban a este último compuesto a aqua regia precisamente porque era el único líquido que conocían capaz de disolver un metal tan noble.
Mientras que el cobre llega a nuestra época hecho un desastre, el oro permanece prácticamente intacto.
Esta gran resistencia a la corrosión es el motivo por el que el oro se ha utilizado a lo largo de la historia para fabricar monedas. Al fin y al cabo, lo último que quieres es que el objeto que representa tu riqueza se oxide y acabe reducido a polvo, como ocurriría por ejemplo si estuvieran hechas de hierro.
Además, el oro tiene la ventaja adicional de que es un metal relativamente escaso. Este elemento suele presentarse en la naturaleza en forma de pequeñas partículas incrustadas en ciertos tipos de roca, aunque su concentración suele ser muy baja. Para que os hagáis una idea, la mena de oro más «rica» que he encontrado contiene unos 27.4 gramos por cada tonelada de roca extraída. Por tanto, este metal se suele extraer de estas piedras machacándolas y sometiéndolas a un proceso químico que separe el oro del resto de material, como un tratamiento con ácido o con mercurio, un metal líquido a temperatura ambiente que forma amalgamas con él.
Este tipo de roca contiene 3.63 gramos de oro por tonelada. Esta concentración parece baja, pero es casi 750 veces más abundante que en una roca media.
Hay que decir que, en ocasiones, se puede encontrar oro en lugares en los que la naturaleza ha hecho parte del trabajo sucio por nosotros. Por ejemplo, el agua de un río puede erosionar las rocas que encuentra a lo largo de su curso y arrancar poco a poco las pepitas de oro que contienen, transportándolas corriente abajo. Este es el motivo por el que la arena y la gravilla que descansa en los lechos de algunos ríos a veces contiene pepitas de oro que se pueden separar del resto de material por gravedad.
Pese a que estas pepitas de oro suelen ser minúsculas y pesan, como muchísimo, un par de gramos, siempre hay excepciones. La mayor pepita de oro jamás encontrada pesaba 71 kg y fue bautizada como «Bienvenido Forastero«. Como se encontró en 1896 no hay ninguna imagen decente de ella, así que ahí va otra de una pepita de oro monstruosa.
Pepita de oro de 4.9 kg encontrada en Mojave.
La cantidad de oro extraído por el ser humano se estima en 174.100 toneladas, el 60% de las cuales han sido producidas a partir de 1950. Pero, ojo, porque el oro es un metal tan denso que un litro de este elemento pesa unos 19,32 kilos. En comparación, un litro de agua pesa 1 kilo y uno de hierro unos 7 kilos. Por tanto, si se reuniera todo el oro que se ha extraído a lo largo de la historia, podría caber en un cubo de sólo 20.81 metros de lado.
A nivel planetario, la enorme densidad del oro tiene otra consecuencia curiosa que he explicado con más detalle en un artículo mucho más reciente*.
Hace unos 4.600 millones de años, la Tierra era una gran masa fundida de roca y metal que se mantenía caliente debido a la desintegración radiactiva de ciertos isótopos radiactivos (como el aluminio-26) y los impactos constantes de otros cuerpos celestes. Durante esta época, la gravedad del planeta arrastró los materiales más densos hacia el centro de esa gran masa líquida y los más ligeros quedaron cerca de la superficie. Este es el motivo por el que la Tierra está compuesta por una corteza exterior rocosa y ligera y un núcleo metálico que contiene elementos densos como el hierro, el níquel, el platino, el iridio, el renio… Y la mayor parte de las reservas de oro que hay en nuestro planeta.
De hecho, como comento en mi último libro, el núcleo del planeta contiene tanto oro que, si lo extrajésemos todo, podríamos cubrir toda la superficie terrestre con una capa de unos 20 centímetros de este valioso metal.
Otra característica curiosa de este metal es su gran maleabilidad o, lo que es lo mismo, la capacidad que tiene para deformarse sin romperse y formar láminas extremadamente finas. Para que os hagáis una idea, un gramo de oro puede aplastarse y extenderse hasta conseguir una lámina finísima de 1 metro cuadrado.
Lámina de oro de medio metro cuadrado obtenida a partir de una pepita de 5 mm de diámetro. Museo Toi de Japón.
Esta propiedad es lo que permite la fabricación del llamado pan de oro, unas láminas finísimas de este metal que se usan para cubrir superficies e incluso algunos cocineros lo utilizan para decorar los platos. Sin embargo, el oro no aporta ningún tipo de valor nutritivo porque es tan inerte que pasa a través de nuestro tracto digestivo sin ser absorbido. O sea, que lo único que consigues consumiendo pan de oro es convertir tus deposiciones en una mena de oro de muy baja calidad.
*Este artículo es de 2013 y lo he reescrito rápidamente al ver que alguien lo ha colgado en Menéame. Desde entonces he hablado con mucho más detalle del oro en esta otra entrada en la que explico de dónde viene el oro de la Tierra y en los siguientes vídeos de mi canal de Youtube:
Esta semana, para la sección de respuestas, me he fijado en las cosas que comentáis en las fotos que cuelgo en Facebook, como esta de la galaxia Centauro A:
Como cada vez que subo alguna foto del espacio alguien interviene diciendo que es un quásar, voy a explicar de una vez qué es un quásar para salir de dudas.
En la década de los 60, los astronómos empezaron a detectar fuentes de ondas de radio que llegaban de varias partes del universo pero, cuando apuntaban hacia ellas con sus telescopios, no encontraban nada. No fue hasta 1962 que se observó por primera vez, 3C 273, el primero de estos objetos que, además, emitía luz visible.
Hong-Yee Chiu, un astrofísico estadounidense de origen chino, acuñó el término «quásar» en 1964. Quería que la palabra fuera fiel a la realidad, pero tampoco había una teoría que explicara qué estaba viendo, así que decidió llamarlos «Quasi Stellar Radio Sources» (Fuentes de Radio Casi Estelares), porque parecen estrellas (de ahí el «quasi») pero no son estrellas y emiten ondas de radio. Tomando las letras que le dieron la real gana, abrevió el término en algo que sonaba bonito.
3C 273 en todo su esplendor. El churro de la parte inferior es parte del quásar. No os preocupéis, también hablaré de ello al final de la entrada.
Gracias al descubrimiento del quásar 3C 273, pudieron medirse algunas de sus propiedades analizando la luz visible que nos llegaba de él. Los resultados revelaron que:
1) Está alejándose de nosotros a una velocidad de 45.000 kilómetros por segundo,
>2) Se encuentra a 2.400 millones de años luz de la Tierra.
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Esto es un inciso para poner esta unidad en perspectiva, porque 2.400 millones de años luz se leen muy rápido.
Un año luz equivale a la distancia recorrida por un rayo de luz durante un año (recordamos que los años luz son unidades de distancia, no de tiempo). Como la luz se desplaza a unos 300.000 kilómetros por segundo, durante un año recorrerá 9.460.528.400.000 kilómetros o, 9.46 billones de kilómetros. Pero esta cosa se encuentra a 2.400 millones de años luz de distancia de la Tierra. Es decir, que está a 27.205.268.160.000.000.000.000 o 27.2 trillones de kilómetros de nosotros.
Esto son tantos kilómetros como átomos hay en 7.43 gramos de oro. No sabemos si esta comparación aclara nada realmente, pero nos ha hecho ilusión calcularlo.
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Una de las características que define a los cuásares es su lejanía. El más cercano que se conoce está a 600 millones de años luz de distancia, por lo que no es de extrañar que resultara muy difícil distinguir la poca luz visible que llega desde tan lejos.
De hecho, algo tan distante tiene que ser extremadamente brillante para poder observarlo desde nuestra posición y 3C 273, por ejemplo, cumple este requisito: si este quásar se encontrara a 32.6 años luz de distancia (2.056.000 veces la distancia entre la Tierra y el Sol), lo veríamos tan brillante como el Sol.
Pero, ¿Qué demonios puede brillar tanto?
Un brillo extremo sólo puede venir de otro fenómeno extremo: un agujero negro muy grande.
¿Y por qué tiene que ser un agujero negro precisamente?
Porque un agujero negro es capaz de extraer más energía de la materia que cualquier otra cosa que conocemos. Por ejemplo, mientras que la reacción de fusión nuclear de una estrella tan sólo convierte un 0.7% de la materia que interviene en energía, un agujero negro puede extraer hasta el 10%.
Espera un momento… ¡Pero si los agujeros negros no brillan! De hecho, ¡absorben luz! Parece mentira que una página de este calibr…
¡Basta ya!
En el centro de toda galaxia (o casi toda) hay un agujero negro supermasivo alrededor del cual orbitan el resto de las estrellas. En nuestro caso, por ejemplo, el agujero negro que ocupa el centro de la Vía Láctea, Sagitario A, tiene una masa de 4.3 millones de soles.
Los agujeros negros de los quásares más pequeños, en cambio, tienen una masa de unos 100 millones de masas solares y en los más grandes se han registrado agujeros negros de miles de millones de masas solares.
Ya, pero te he preguntado por qué brillan.
Ya vaaaa…
Los cuásares, como hemos dicho, son agujeros negros supermasivos rodeados de materia que gira a su alrededor hasta caer en su interior. Esta materia es, en su gran mayoría, gas. A medida que el gas se acerca al agujero negro, su órbita se va volviendo más cerrada. A su vez, el agujero negro tira con más fuerza del gas que está más cerca, por lo que la materia va moviéndose más deprisa a medida que se aproxima al horizonte del monstruo.
La fricción que se genera entre las partículas que componen el gas a estas velocidades, una fracción respetable de la velocidad de la luz, es inmensa. La fricción inmensa genera una cantidad de calor proporcional, por lo que el material alcanza temperaturas de más de 44.000.000ºC y empieza a brillar con una fuerza que ninguna estrella puede igualar (la superficie del sol, por ejemplo, ronda los 6.000ºC).
Esto, unido al ritmo alarmante con el que estos monstruos tragan materia, es lo que les da su brillo. Se estima que los quásares más brillantes devoran unas 1.000 masas solares cada año, o el equivalente a casi 3 soles al día que a su vez son 10.56 Tierras por segundo.
Lo que a su vez son 840.884.352.000.000.000.000.000… HUMANOS POR SEGUNDO.
Una última pregunta… ¿Y qué son los chorros que salen por los extremos del quásar?
Este, por ejemplo, del objeto M87, descubierto en el siglo XVIII, que resultó ser un quásar.
El gas, como hemos dicho, orbita alrededor del agujero negro central cada vez más deprisa hasta que cae en su interior. Como hemos dicho también, en el borde del agujero negro la materia se desplaza a velocidades cercanas a las de la luz, lo que le otorga una energía inmensa. A tan altas energías, cuando es desviada hacia los polos mientras rota alrededor del agujero negro, parte de ella puede llegar a escapar. Es decir:

















