En una de las últimas entradas que publiqué comentaba que casi todas las galaxias tienen un agujero negro súpermasivo en su núcleo, así que he pensado que hoy sería buena idea hablar el efecto que tienen estos monstruos gravitatorios sobre las galaxias que habitan.
Pero, para variar, vas a andarte por las ramas y empezar explicando cómo llegaron al centro de las galaxias esos agujeros negros.
Nada me haría más feliz, voz cursiva, pero, por desgracia, aún no se sabe con seguridad cómo se forman los agujeros negros súpermasivos del centro de las galaxias. Aunque eso no quita que existan varias hipótesis al respecto, claro.
Por un lado, se sabe que las estrellas muy masivas producen agujeros negros cuando su combustible se agota y estallan en forma de supernovas. Estos agujeros negros estelares son «pequeños», con una masa hasta algo más de una decena de veces superior a la del sol, pero podrían se haber convertido en agujeros negros súpermasivos si consiguieron absorber suficiente material de su entorno mientras su galaxia tomaba forma, llegando a convertirse en las bestias que tienen una masa millones de veces superior a la del sol y que observamos hoy en día.
Otra hipótesis más exótica sugiere que, en vez de ser producidos por las estrellas, estas «semillas» de los agujeros negros súpermasivos podrían haber sido los restos del colapso de gigantescas nubes de gas tan masivas que ni siquiera habrían pasado por la fase de estrellas. En este caso, unas bolas de gas tremendamente masivas llamadas quasi-estrellas habrían sucumbido a su propia gravedad, saltándose todos los pasos de la evolución estelar y formando directamente agujeros negros sin siquiera reventar primero en forma de supernovas.
De momento, las quasi-estrellas son cuerpos celestes hipotéticos pero, para hacernos una idea del tamaño colosal que hubieran tenido, en la siguiente imagen podéis ver uno de estos objetos comparado con UY Scuti, la estrella más grande conocida, que tiene un diámetro mil veces superior al del sol.




