Hace unos días, la NASA anunciaba que se podría convertir Marte en un planeta más habitable protegiéndolo con un «escudo magnético«. Esta noticia me ha recordado que la colonización de diferentes cuerpos de nuestro sistema solar es un tema recurrente en las consultas que me mandáis por correo electrónico (a jordipereyra@cienciadesofa.com), así que he pensado que podría matar varios pájaros de un tiro respondiendo a una sola pregunta: ¿qué posibilidades nos ofrecen los diferentes cuerpos del sistema solar de cara a su colonización?
Empecemos hablando de Marte, que suele ser el destino más popular.
Ya había hablado sobre la terraformación de Marte (la idea de alterar el planeta rojo para que se parezca más al nuestro) en esta entrada y esta otra. En resumen, incluso si nuestra intención es simplemente construir un par de bases en el planeta sin convertirlo en algo parecido a la Tierra, hay un pequeño detalle que nos impediría vivir cómodamente sobre su superficie: Marte no tiene una atmósfera densa.
Incluso aunque el aire del planeta no contenga oxígeno, una atmósfera densa es importante porque nos protege de la radiación cósmica que bombardea constantemente el sistema solar. Al nivel del mar, en la Tierra estamos expuestos a unos 0,2 Sieverts (Sv) de radiación cósmica cada año (un Sievert equivale a la cantidad de radiación que aumenta las probabilidades de sufrir cáncer a lo largo de tu vida en un 5%). Unos astronautas que se encontraran ahora mismo sobre la superficie de Marte, en cambio, recibirían alrededor de 1 Sv cada 500 días, una dosis de radiación que les podría causar todo tipo de problemas de salud a corto y medio plazo.
Por otro lado, una atmósfera densa retiene el calor del sol y, a través de la circulación del aire, distribuye la energía entre la cara iluminada del planeta y la que no lo está, disminuyendo la diferencia de temperaturas entre el día y la noche.
Pero, ¿tanto se nota el efecto de un poco de aire sobre la superficie?

