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Híbridos: mulas, camas, ligres y tigones.

Los seres humanos llevamos mucho tiempo mezclando la información genética de las especies que nos rodean desde que aprendimos a domesticar animales.

Basta con ver el caso de los perros: todos ellos provienen de los lobos, aunque hoy en día el aspecto de la mayoría de ellos dista bastante del de este animal. Después de domesticarlos, empezamos a seleccionar aquellos que tenían ciertos atributos valiosos (los más grandes, los de mejor olfato, los más ágiles) y juntarlos para que criaran con el objetivo de potenciar esas cualidades, consiguiendo unos mejores compañeros de caza o guardianes que nos protegieran por la noche…

…Hasta que, en el siglo XIX, la aristocracia, que no necesitaba que nadie les echara una mano para conseguir comida, instauró una nueva moda: juntar los perros con algunas características estéticas concretas (los más pequeños, los más rechonchos, los más peludos) y dejar que criaran para marcarlas cada vez más con el paso de las generaciones. Estos animales ya no tenían ninguna utilidad práctica más que satisfacer la curiosidad de sus dueños.

O a lo mejor sus planes eran más siniestros. (Fuente)

¿Por qué no existen mamíferos terrestres tan grandes como los dinosaurios?

El mamífero terrestre más grande del que se tiene constancia es un animal que vivió hace 30 millones de años, catalogado como indricotherium transouralicum, que debe ser la expresión en latín para “pesadilla rino-elefántica”. Los ejemplares más grandes podrían haber pesado 16 toneladas y medido 4.8 metros de altura hasta los hombros y 8 metros de longitud.

Recreación antigua (pero no por ello imprecisa) del animal.

Comparado con el mayor reptil de todos los tiempos, eso es una nimiez: el amphicolieas fragillimus, medía 60 metros de largo, 22.5 de altura y pesaba 122 toneladas. Un elefante africano, el animal terrestre más grande que pasea por la superficie de nuestro planeta en la actualidad, mide entre 3 y 4 metros de altura y pesa 5.5 toneladas.

El animal en cuestión aparece en rojo.

Esto suscita la pregunta: ¿Por qué no existen mamíferos tan grandes como los dinosaurios?

Una de las ventajas que tienen los reptiles respecto a los mamíferos es su gestación: pueden poner huevos, meterlos en un nido y dejar que sus crías se desarrollen solas protegidas tras la cáscara.

Los mamíferos, en cambio, damos a luz a crías vivas. Un embarazo es un asunto peligroso si no hay hospitales de por medio y compromete tanto la vida de la madre como del hijo. Un tamaño desproporcionado implica periodos de gestación más largos que además consumen mucha energía y, cuanto más grande es el animal, más dura su embarazo (en el caso de los elefantes, por ejemplo, dura 2 años), así que por su duración y riesgo es un factor que limita el tamaño de los mamíferos.

Por otro lado, los dinosaurios podían alcanzar tallas extremas porque sus esqueletos eran muy ligeros. Como las aves a las que evolucionaron más tarde, sus huesos contenían sacos de aire que les otorgaban unos esqueletos muy ligeros para su tamaño. Una masa menor permite crecer más sin que el gasto calórico se vuelva desproporcionado, ventaja de la que los mamíferos no disfrutamos.

Muestra de un hueso de ave. Está hueco por dentro para aligerar peso y facilitar así el vuelo. Crédito: hsu.edu

Mientras los reptiles toman el calor de su entorno para mantenerse a una temperatura constante, los mamíferos generamos nuestro propio calor desde nuestros órganos internos, sobretodo el corazón, el hígado y el cerebro. El calor creado en estos centros se reparte por el resto del cuerpo con el flujo sanguíneo, de manera que estos órganos tienen que estar siempre algo más calientes para abastecer el resto del organismo con la temperatura necesaria, ya que constantemente estamos perdiendo calor por el intercambio con el aire.

Como el calor se propaga de manera volumétrica, un animal que sea el doble de grande que nosotros tendrá que generar 8 veces más calor para calentar su cuerpo entero. Para un mamífero tan grande como un dinosaurio, esto supondría que sus órganos tuvieran que calentarse a temperaturas que los cocinarían.

Esto nos lleva al siguiente punto: en aquella época, el contenido atmosférico de carbono y oxígeno en la atmósfera era más alto (hasta un 30% oxígeno, frente al 21% actual), por lo que había muchísima más vegetación. En consecuencia, los herbívoros tenían una gran cantidad de comida disponible para satisfacer las necesidades calóricas de sus cuerpos inconmensurables… Hasta que un meteorito impactó contra nuestro planeta, cubriéndolo con una nube de polvo que impidió que la luz solar llegara hasta la vegetación y provocó enormes incendios globales que consumieron casi un tercio del oxígeno de la atmósfera.

Esto más o menos responde a la siguiente pregunta: ¿Por qué no han vuelto a aparecer animales tan grandes hoy en día?

Por un lado, porque después de la extinción de los grandes dinosaurios, los mamíferos tomaron el control del ecosistema terrestre. Pero, según lo que hemos estado leyendo, podría haber otras razones.

Para satisfacer el descomunal gasto energético que implica tener un cuerpo de más de cien toneladas, los dinosaurios herbívoros tenían que pasarse el día ingiriendo grandes cantidades de alimentos. No hemos encontrado una cifra, pero para hacernos una idea, un elefante puede llegar a comer entre 100 y 200 kilos de comida al día y pesa, como mucho, unas 5.5 toneladas. Un dinosaurio como el amphicolieas fragillimus, con 122 toneladas de peso, tendría que consumir como mínimo 4.5 toneladas al día (estimación hecha suponiendo una relación lineal entre la comida consumida y el tamaño, lo que probablemente será una falacia).

Por ello, estos animales viajaban en manadas arrasando con todo lo que encontraban a lo largo de grandes extensiones de terreno porque, de esta manera, podían volver a la zona al cabo de mucho tiempo y la vegetación había vuelto a crecer. Pero, claro, para que una población de animales pueda sobrevivir de esta manera necesita una gran superficie por la que moverse en busca de nuevas zonas de alimentación y, en aquella época (el triásico), disponían de ella gracias a que algunos continentes actuales aún estaban unidos formando un súper continente llamado Gondwana.

Fuente de la imagen: encyclopedia.com

Por eso, aunque todo lo expuesto anteriormente no supusiera un problema, hoy en día la existencia de mamíferos tan grandes sería insostenible porque probablemente no tendrían espacio suficiente para migrar hasta que las zonas de pasto se regeneraran, de manera que agotarían las reservas de comida antes de que pudieran volver a crecer y morirían de hambre.

Esta teoría se llama el enanismo insular (más o menos) y sostiene que las especies aisladas en zonas pequeñas tenderán a menguar de tamaño a medida que pasen las generaciones para minimizar su gasto energético, para así necesitar menos comida y no quedarse sin alimento.

La naturaleza NO es sabia

Existe una tendencia a sobrevalorar todo lo que hace la naturaleza y tratarla como un ente independiente que lo mantiene todo en equilibrio de una manera casi mágica, pero la naturaleza en sí es un concepto muy general que, a nuestro parecer, no define nada en concreto y se lleva todo el mérito. 

Es la evolución de los organismos vivos, que constantemente los adapta a los cambios del entorno, la que hace el trabajo sucio. Es decir, todo el orden y el equilibrio de los ecosistemas globales no es cosa de “la naturaleza”, sino que son los propios individuos que habitan el planeta los que se adaptan entre sí hasta alcanzar situaciones estables. Y la evolución, al contrario de lo que suele pensarse, no es un proceso que necesariamente conduzca a una mejora.

(Es broma, estamos muy en contra de este tipo de demagogia)
Esto último es un argumento contra la teoría del diseño inteligente que sostiene que todo es demasiado bonito y maravilloso para que sea el resultado de mutaciones al azar acumuladas durante millones de años. Nos guste o no, somos el resultado de una sucesión de soluciones (algunas más chapuceras que otras) aplicadas unas encima de otras desde que nuestros ancestros unicelulares empezaron a reproducirse. Tomemos, por ejemplo, el ojo humano.

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Ciervos ratón y ardillas gigantes

El ciervo ratón (no confundir con el ratón ciervo) es el animal con pezuñas más pequeño del mundo

Fuente, aquí.

Viven tanto en África como en Asia pero, mientras las especies asiáticas pesan entre 0.8 y 8 kg, las africanas oscilan entre los 7 y 16 kg. Pese a su pequeño tamaño, tienen cuatro estómagos que les ayudan a digerir las plantas que ingieren.

La naturaleza le da prioridad a los estómagos
antes que a las patas.
Aunque la mayoría de las especies de ciervo ratón son herbívoras, el ciervo ratón de agua, que sólo se encuentra en África, a veces come cangrejos, peces o incluso restos de cadáveres de otros mamíferos. No recibe este nombre porque sea capaz de nadar ágilmente (las pezuñas son el opuesto matemático de las aletas), sino porque durante su vida no se alejan más de 250 metros de una masa de agua. Dada su condición de carroñeros, los colmillos de esta especie son más largos, hasta el punto que les sobresalen.
Una característica común que comparten los carroñeros es
su cara de cabrones.
El segundo mamífero raro de hoy es la ardilla gigante india. Son llamativas porque, a parte de ser enormes, su pelaje está pigmentado con varios tonos diferentes y por su cara un tanto… Peculiar.

Suelen medir unos 60 centímetros de la cabeza a la cola y pesar unos 2 kg, así que no tienen mucha competencia en su ecosistema. Eso sí, la poca que tiene es bastante seria: sus dos únicos depredadores son aves de presa (léase cosas parecidas a águilas) y leopardos
Para “combatir” a los primeros, la ardilla gigante india simplemente se queda paralizada y aplasta su cuerpo contra la rama sobre la que esté, una conducta un tanto extraña, tendiendo en cuenta que su especie puede dar saltos de hasta 6 metros, pero esto le sirve para mimetizarse con el entorno y, con suerte, que su atacante le pierda de vista. 
Su táctica para evitar ser comida por leopardos, en cambio, es más efectiva: construyen nidos en forma de globo en ramas muy altas y delgadas, lo suficientemente resistentes para aguantar su propio peso, para que los leopardos no puedan alcanzarlas (o, si el leopardo no respeta su propia vida y llega hasta el nido, al menos que la rama se rompa y todo el mundo muera a modo de venganza).

“Oh, sí, dulce y fría venganza…”