Tardígrados

Un grupo de supervivientes lleva 530 millones de años riéndose del resto de la naturaleza sin que nadie pueda hacer nada al respecto, alimentándose y reproduciéndose sin importarles que nieve, llueva o sean expuestos al vacío del espacio.

¡Vaya! ¡Debe ser un animal grande y noble! ¡Y muy fuerte! ¡Probablemente, una máquina de matar! ¡Debe tener unos colmillos afilados y un esqueleto muy resistente y…!

Bueno… Casi

49% animal, 51% pesadilla.

Pese a medir tan sólo 1 milímetro de longitud, los tardígrados son criaturas acuáticas que miran a la muerte directamente a los ojos y le restriegan los límites de la vida por la cara, un honor que del que sólo pueden alardear unas pocas especies que pertenecen al selecto club de los poliextremófilos.

Los organismos extremófilos son aquellos que pueden sobrevivir en algún entorno que sería impensable para cualquier otro tipo de vida en la Tierra. Los poliextremófilos, en cambio, lo llevan un paso más allá: pueden estar adaptados a una gran variedad de entornos extremos.

La primera persona en documentar la existencia de los tardígrados fue Johann August Ephraim Goeze, en 1773, a quién se le ocurrió que, vistos a través del microscopio, estos pequeños organismos parecen osos, así que les llamó “kleine Wasserbär (pequeños osos de agua).

Una de cada 10 mil millones de personas no ve la diferencia entre estas dos fotos. Por desgracia, una de ellas era Johann August Ephraim Goeze.

Pero no estamos aquí para hablar de un biólogo del siglo XVIII con un nombre muy extraño, sino de la impresionante capacidad de los tardígrados para adaptarse a prácticamente cualquier condición hostil que se les ponga por delante.

En primer lugar, pueden soportar temperaturas desde casi -273.15ºC, la mínima temperatura posible, hasta 151ºC. Cabe recordar que el agua hierve a 100ºC.

Además, los tardígrados son capaces de resistir 800 veces la cantidad de radiación que mataría a un humano.

Pueden soportar hasta 6 veces la presión que hay en el punto más profundo del océano. Esta habilidad está un poco echada a perder, porque el lugar donde se dan esas condiciones no forma parte de su hábitat, pero está bien como superpoder gratuito.

Intrigados por estas criaturas, los cerebros de la NASA mandaron una colonia de tardígrados al espacio y los expusieron al vacío durante 10 días. Volvieron a la Tierra sanos y salvos y, en realidad, nadie se sorprendió demasiado.

Humanos desde la perspectiva tardígrada.

¡Señor Ciencia de Sofá, señor Ciencia de Sofá! ¿Cómo puede algo sobrevivir a estas condiciones?

Cuando los tardígrados ven que el nivel de humedad a su alrededor baja drásticamente, lo interpretan como señal de que las cosas empiezan a ponerse feas y la proporción de agua de sus cuerpos baja en un 95%. Gracias a esta deshidratación se convierten en esto y:

1) El bajo contenido de agua de sus células impide que, en condiciones de temperatura extrema, se forme vapor o cristales de hielo que rompan las paredes celulares.

2) La radiación daña el ADN porque ioniza las moléculas de agua de las células. Los tardígrados deshidratados se convierten, prácticamente, en un montón de azúcares y proteínas que no se ionizan con la radiación, por lo que su material genético permanece intacto.

3) Sin agua en sus cuerpos, se vuelven una pequeña masa rígida capaz de resistir grandes presiones.

En este estado de latencia, llamado criptobiosis (literalmente, “vida oculta”), los tardígrados pueden pasar hasta 10 años sin comer ni beber.  Cuando llegan tiempos mejores, simplemente despiertan y vuelven a hidratarse, como si nada hubiera ocurrido.

En definitiva, los tardígrados son unos animales que tienen unas capacidades sospechosamente desproporcionadas, teniendo en cuenta que su máxima aspiración en la vida es vivir en charcos y pasearse por encima de rocas húmedas comiendo líquenes.

Sospechoso, muy sospechoso…

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