Archivo de la categoría: Animales marinos

Cabeza transparente

A veces no sabes con qué juegos raros te va a salir la evolución, como es el caso de este tiburón extinto que tenía la mandíbula en forma de sierra circular o los malditos ornitorrincos.

Pero el ejemplo que más nos ha sorprendido hasta el momento es este pez.

Crédito: National Geographic.

Su nombre científico es Macropinna Microstoma, pero en castellano se le llama simplemente pez de cabeza transparente y en inglés ojos de barril por la forma que tienen sus globos oculares.

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Glaucus Atlanticus

Pocos animales tienen tan poco merecido su nombre como el glaucus atlanticus, perteneciente al género de las babosas de mar.
Debería llamarse ángel de mar, como mínimo, pero ya estaba pillado por
un animal mucho más cursi e inofensivo.
Esta extraña criatura vive en aguas templadas y tropicales de todo el mundo y aprovecha una bolsa de gas que tiene en el estómago para flotar en la superficie. No sólo eso, sino que flota boca arriba. Es decir, que este colorido mosaico azulado (que le ayuda a camuflarse con la superficie del mar) sería el equivalente a nuestra cara frontal.
Hmmm… ¿Para qué querría una babosa flotar mirando hacia el cielo en medio del mar?

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Helicoprion

Pocas veces nos encontramos con información que nos pueda dar un punto de vista nuevo sobre algo que creíamos que seguía unas reglas determinadas. Hoy ha sido una de esas veces, cuando hemos encontrado la foto de este fósil:
A primera vista, puedes pensar “bueno, debe ser algún tipo de caracol“. Eso es lo que creíamos nosotros… Hasta que, buscando un poco, hemos descubierto que es parte de una mandíbula.

Una. Jodida. Mandíbula.

¡Deja de inventarte mandangas, Ciencia de Sofá!
¡Que no, que no! ¡No es un invento! Hablan de ello incluso en este artículo del Scientific American. La cosa funcionaba así:
    Crédito: Dimitri Bogdanov/wikimedia commons.

Aunque por la forma parece un tiburón, en realidad es un helicoprion (del griego, sierra en espiral), un animal del género de los chimaeriformes al que pertenecen 47 especies de peces cartilaginosos. Sus extraños dientes los únicos huesos que poseían, por lo que es lo único que se ha fosilizado mientras el cartílago del resto del cuerpo se iba degradando.
Cuando los paleontólogos encontraron estas espirales serradas, sin ningún esqueleto o cráneo que las acompañara, pasaron un mal rato hasta deducir qué demonios estaban mirando y dónde podía situarse en el organismo de un animal. Basándose en otros fósiles de peces del mismo orden (los eugeneodontiformes), fueron capaces de deducir la forma del helicoprion, estimar que debía medir entre 3 y 4 metros de largo y, lo más importante, colocar en su lugar la espiral que contenía unos 109 dientes: en la mandíbula inferior.

Una consecuencia curiosa que tiene esta localización es la manera en la que el animal mudaba los dientes: en vez de caerse y volver a crecer, se desarrollaban en un extremo de la espiral uno tras otro, empujando al resto hacia el interior de la mandíbula cartilaginosa a medida que se desgastaban para ser reabsorbidos.

                                Imagen: Ray Troll.

Sí, ya, ¿Pero qué beneficios tienen esos dientes?

Al cerrar los dientes sobre una presa, su mandíbula golpeaba contra el sólido paladar y la propia geometría de las piezas dentales empujaba la presa hacia el interior de la boca. ¿Qué? ¿Que no nos creéis?

En el elaboradísimo esquema que hemos hecho puede verse como las puntas de los dientes trazan trayectorias curvas hacia el interior de la boca cuando la mandíbula se cierra. Esto tiene la ventaja extra de que abrir y cerrar la boca constantemente produce un “efecto sierra”.

Y, se acabó, aquí serramos esta entrada.

Respuestas XX: ¿Cuántas anguilas eléctricas hacen falta para iluminar una ciudad?

Heduart Punseto, el célebre doble de Eduard Punset que reside en Youtube, me ha mandado una pregunta… ¡En vídeo!

Para los que leéis Ciencia de Sofá desde el móvil: http://www.youtube.com/watch?v=uS736YX9CvQ

¿Podría aprovecharse la electricidad generada por las anguilas eléctricas para abastecer de energía una ciudad pequeña como… Barcelona? ¿Cómo debería ser el tanque que las contuviera?

Vamos a ello.
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Respuestas XIX: ¿Cómo producen electricidad las anguilas?

Pese a haber recibido un par de propuestas interesantes esta semana, un programa de depredadores en National Geographic Channel (cuela la publicidad disimuladamente) que estaba viendo ayer me dejó con más preguntas que respuestas, yo mismo me pregunto “¿De dónde sacan la electricidad las anguilas eléctricas?“.

Ni siquiera ellas tienen cara de saberlo. Crédito, aquí.

En primer lugar, ¿se llaman anguilas eléctricas porque realmente producen electricidad? ¿O son como los peces voladores o las hormigas de fuego, que ni vuelan ni queman?
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Océanos bioluminiscentes

En el siguiente vídeo, el surfista Joel Puckett se desliza entre las olas por la noche, mientras el agua se ilumina a medida que la tabla acaricia la superficie distorsionada del mar. 


¡Vaya! ¡Qué espectáculo tan bello! ¡Me pregunto cuál será el elegante fenómeno físico o químico que provoca tan extasiante efecto! 

Es este muchacho:

 “Te ensiende o k ase?”

Se trata de un dinoflagelado, que viene del griego, dinos, “giratorioy del latín, flagelum, “látigo”, en referencia al apéndice que utiliza para cumplir su objetivo en la vida: nadar en círculos, la máxima aspiración de cualquier organismo microscópico que forma parte del plánkton.
Pese a que, normalmente, estos animales no representan peligro alguno, si se dan las condiciones apropiadas, estos organismos se reproducen como locos y pueden llegar a concentrarse hasta 10 millones de individuos por litro de agua, tiñendo el mar de rojo con sus cuerpos. De ahí que al fenómeno se lo conozca como marea roja. Gráficamente:

Ya empieza a perder el encanto, ¿eh?
Todos estos dinoflagelados acumulados empiezan a liberar neurotoxinas que matan a los peces de la zona y se depositan en los organismos que se alimentan por filtración, como los moluscos, pudiendo llegar a afectar a los humanos a través de su ingestión. 
Espacio patrocinado por Gazpacho Don Simón.
Pero no todo va a ser tan tétrico.

En contadas ocasiones, de entre las 1.555 especies de dinoflagelados existentes, la que se reproduce de manera descontrolada es una de las 18 que poseen propiedades bioluminiscentes, generadas en su interior por la interacción entre una encima (luciferasa) y una proteína (luciferina), usando el oxígeno como catalizador.

Como, al fin y al cabo, ni siquiera al plánkton le gusta ser devorado, estos animales han desarrollado un curioso sistema de defensa: al ser movidos, se activa su mecanismo bioluminiscente. De esta manera, cuando un depredador pasa nadando cerca, provocando perturbaciones en el agua, los dinoflagelados empiezan a relucir y el brillo termina ahuyentándolo (los peces no lo consideran un espectáculo bonito).

De ahí que el constante roce con la tabla de surf del vídeo, o el propio romper de las olas, los mantenga encendidos y existan fotos así.

Y, ahora, avancemos un paso más hacia el precipicio.
Durante siglos ha habido testimonios de marineros que afirmaban haber visto el mar brillar y navegar durante muchas horas por inmensas extensiones de agua que emitían luz propia y se extendían en todas direcciones hasta el horizonte. El fenómeno era conocido como “mar lechoso” y, por supuesto, el fenómeno solía atribuirse a causas divinas.
Por suerte, en nuestros tiempos nos ha llegado la respuesta a este enigma, también desde el cielo, en forma de imagen de satélite.
La mancha brillante del borde inferior derecho no es un churretón hecho con el pincel de Photoshop, sino una extensión de 15.400 kilómetros cuadrados cubierta de plánkton bioluminiscente (el churro mide más de 250 kilómetros de largo).
Ah, sintiendo aguar la fiesta, por muy bonitos que resulten los dinoflagelados brillantes, también son tóxicos (probablemente mucho más que los normales). Pueden provocar infecciones de oído sólo por nadar entre ellos, así que de bebérselos ni hablemos.

Y, nada, dejamos algunas imágenes más del fenómeno en todo su esplendor.

(Fuente

Celacantos

Los celacantos son animales difíciles de avistar, pese a que pueden llegar a medir hasta 2 metros de longitud y pesar 90 kg, ya que viven en profundidades de entre 150 y 700 metros y raramente se acercan a la superficie. 
De hecho, los fósiles recogidos de esta especie tenían 400 millones de años y se suponía que se había extinguido hace 65 millones de años… Hasta que se encontraron especímenes vivos en 1938.

Para hacernos una idea de la escala. Fuente: mnh.si.edu
Aunque su cabeza es muy grande, su minúsculo cerebro sólo ocupa un 1.5% de la cavidad craneal. El 98.5% restante está lleno de tejido adiposo, o sea, grasa. La cantidad reducida de neuronas se pone de manifiesto en este vídeo.

SPOILER: no es un animal entretenido de ver.

Y aquí otro en el que aparece un ejemplar de celacanto haciendo lo que mejor se le da: mantenerse más o menos estático contra la corriente.

Dejando de lado su cerebro atrofiado, lo curioso de esta especie es que sus cuatro aletas la relacionan genéticamente con los tetrápodos (criaturas con cuatro patas) y durante un tiempo se creyó que el celacanto era el eslabón perdido entre los peces y los primeros animales que salieron a la superficie caminando a cuatro patas.
“Me faltará cerebro, pero aletas me sobran”


Pero, no: estudios genéticos llevados a cabo por un un equipo de internacional, publicados en la revista Nature, han demostrado que el celacanto es una rama evolutiva diferente y que los animales terrestres provienen de los peces pulmonados (a su vez descendientes de algunos tetrápodos como el Panderichtys), las primeras criaturas en ser capaces de respirar aire

Línea evolutiva de diferentes especies de tetrápodos.

Pese a llevar tanto tiempo existiendo, los celacantos han pasado casi 400 millones de años prácticamente sin evolucionar. Se cree que esto es debido a que, en las profundidades a las que viven, no tienen competencia directa ni depredadores importantes. Por suerte, tampoco tienen valor comercial para los seres humanos ya que, al parecer, su carne desprende una sustancia aceitosa que le da un sabor asqueroso.

Buitres

El otro día  nos entró una duda existencial: ¿Por qué los buitres no tienen plumas en la cabeza? Es decir, ¿Qué razón podría tener la evolución para dotarles de plumas por todo el cuerpo y dejarles la cabeza al descubierto?

Así que nada, acudimos a internet, como siempre.

La madre naturaleza quiere a todas sus criaturas por ig… TONTERIAS.

Los buitres son animales carroñeros que siguen desde el aire a los depredadores y, cuando estos han terminado de comer, bajan a por sus sobras.

A diferencia de los leones o demás depredadores a los que suelen seguir, los buitres no tienen unas útiles patas frontales ni tampoco una fuerza considerable, lo que significa que no pueden llevarse la comida a un lugar tranquilo y arrancar pedazos de carne tranquilamente mientras comen tumbados a la sombra, como hacen los leones. En lugar de eso, no les queda más remedio que quedarse en el lugar del crimen, meter la cabeza dentro de lo que queda del cadáver del animal e intentar buscar la poca carne que queda.

Por supuesto, eso es una guarrada: su cabeza acaba llena de sangre, jugos gástricos, heces (eso no lo enseñan en los documentales, ¿eh?) y demás fluidos grotescos que nos permiten seguir vivos.

Tan higiénico como apetecible. Fuente: burrard-lucas.com

Si los buitres tuvieran plumas en la cabeza, después de alimentarse de algún cadáver semidescompuesto de algún desafortunado animal, todos esos fluidos quedarían atrapados entre las plumas, sirviendo de caldo de cultivo ideal para cientos de bacterias que pueden provocar un número igual de infecciones.

Al tener la cabeza lisa (e incluso parece casi resbaladiza), no pueden acumularse microorganismos y están a salvo de sufrir infecciones.

Para ser justos, algunas especies de buitre, como el buitre rey (o zopilote rey) llevan la calvicie con más elegancia.

#SWAG.

Narvales

No es raro ver colmillos gigantescos en el reino animal: elefantes, morsas, jabalíes y ciervos los lucen con orgullo. Sí, sí, puñeteros ciervos orgullosos con colmillos.

Se llaman ciervos almizcleros, y viven en el norte de Asia. Fuente: thegreathimalayatrail.com

Desgraciadamente, algunos de los animales de esta lista son cazados por el marfil que llevan en sus bocas: una sustancia parecida al hueso que no sólo poseen los elefantes, sino que se encuentra en las mandíbulas de cualquier animal con dientes, sólo que en una cantidad muchísimo menor. “Marfil” no es más que una manera bonita de decir “dentina”, un material duro que forma una capa entre el esmalte dental y el nervio.

Otro ejemplo notable en el mundo de los cuernos son los rinocerontes. Los suyos están compuestos de keratina, la misma sustancia de la que está hecho el pelo. En cierta manera, podría decirse que un cuerno de rinoceronte es la melena más densa del reino animal.

Pero, como siempre, hay un caso aún más extremo y desconcertante.

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Isópodos Gigantes

Escuchas el ruido de una bolsa de plástico, vuelves la vista y te encuentras a los primos vigoréxicos de los bichos bola hurgando en tu despensa:

Es un escenario poco probable pero, si te ves envuelto en una situación así, no te preocupes: sólo son isópodos gigantes. “Isópodo” es el término griego para “no me basta con tener patas sólo a los lados, las quiero por todo“.

“Mira qué monada me he encontrado por la calle”

Este animal, generalmente carnívoro, merodea por planicies arcillosas entre 200 y 2000 metros de profundidad, comiéndose prácticamente cualquier cosa que se cruce en su camino: desde carne de algún cadáver de ballena, hasta esponjas, peces pequeños y crustáceos.
Debido a la irregularidad con la que es capaz de cazar, el metabolismo de los isópodos está adaptado para superar largos períodos de hambruna. Permanece en estado de hibernación casi permanente y puede llegar a pasar hasta 4 años sin comer.
Ah, y, siempre y cuando mantenga cierto nivel de humedad en su superficie, puede respirar tanto en el agua como en el aire gracias a unos órganos similares a branquias que tiene en las patas.